¿HAREMOS FEMENINO AL ESPÍRITU SANTO?
El género de la Santísima Trinidad

Mayo 2003por Mónica Migliorino Miller

Mónica Migliorino Miller recibió su Doctorado en teología por la Marquette University y fue compañera de curso de Scott Hahn (y estuvo presente en la defensa de su tesis). Es profesora asociada de teología en el St. Mary's College, en Orchard Lake, Michigan, y autora de Sexuality and Authority in the Catholic Church (University of Scranton Press) y The Authority of Women in the Catholic Church (Crisis Books).

"Dos padres nos engendraron para la muerte, dos padres nos engendraron para la vida". Estas sucintas palabras de San Agustín resumen una verdad básica del Cristianismo. El orden de la redención humana está comprendido dentro del orden de la creación. Sabemos quiénes son nuestros padres de la muerte -- Adán y Eva -- y de manera más próxima nuestros propios padres y madres que nos dieron la vida en un mundo en el que hemos de morir. Para salirnos de la maldición de la muerte necesitamos ser rescatados para la vida por el amor y la unidad de otros progenitores -- a saber, Dios y la Iglesia. La economía de la salvación es un pacto entre Dios y Su pueblo. Dentro de este pacto, Dios es un Padre real, dador de vida. Pero si el orden de la salvación realmente refleja y es paralelo al orden de la redención, entonces Dios es un verdadero Padre dador de vida y la Iglesia es una verdadera madre dadora de vida. Así, desde el comienzo de la creación, la sexualidad masculina y femenina son los símbolos por medio de los cuales se manifiesta el orden redentor de la alianza. Hay algo del ser propio de Dios que realmente es expresado por la sexualidad masculina y algo de la Iglesia que la sexualidad femenina refleja verdaderamente. Es más: Dios no es como un padre -- Dios es Padre. Definitivamente, la esencia de la paternidad -- y no de la maternidad -- existe en Dios. Nuevamente: Dios no es como un padre -- más bien, los padres humanos son como Dios. No obstante, el "género" de Dios ha sido el centro de una controversia teológica durante los pasados cuarenta años. En tanto la naturaleza femenina de la Iglesia, si bien no totalmente comprendida o apreciada, no ha sido, al menos, negada por nadie. Por lo menos a la Iglesia no es mencionada como si fuera un hombre, de la misma manera que no nos referimos a Dios como si fuera una mujer.

Por cierto, para cualquiera que tome en serio la revelación, uno de los argumentos más poderosos a favor de la paternidad de Dios es que Él se refiere a Sí Mismo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, como Padre. Jesús nos dice que a Dios lo llamemos "Abba", que quiere decir "padre". Las Escrituras están preponderantemente a favor de la Paternidad de Dios. Sin embargo, los feministas opinan que el término "Padre" es una mera metáfora o que se trata de un lenguaje históricamente condicionado, que la Paternidad de Dios es sólo una forma de entender a Dios. Es más: para los feministas más radicales, que Dios sea visto como Padre y sea llamado "Padre" es el resultado de una cultura y una Iglesia pecaminosa y patriarcal. El movimiento teológico feminista ha sido enormemente efectivo en la alteración de la percepción que tienen muchas personas acerca de cómo es Dios y en la abolición del -- así llamado -- lenguaje teológico patriarcal y androcéntrico. Se dice que Dios bien puede ser llamado "madre" tanto como "Padre". Sin embargo y tal como lo veremos más adelante, la palabra "Padre" revela una verdad sobre Dios que no expresa la palabra "madre".

Una de las percepciones más esenciales del Judaísmo y del Cristianismo es que Dios es Otro -- totalmente Otro. A diferencia del antiguo mundo pagano que confundía naturaleza y divinidad o sumergía a Dios en la naturaleza, la fe hebrea entiende que Dios es diferente que la naturaleza. Dios está fuera de la naturaleza como la causa de ella. No obstante, Dios en su totalidad está en relación (que le concierne o atañe a Dios, porque es de Su pertenencia) con Su creación -- en armonía con ella. No se opone a ella. Este es el Dios que puede contemplar algo exterior y distinto de Sí y calificarlo como "muy bueno". De este totalmente Otro Dios, ha recibido su existencia la creación. El Dios que está en relación con Su creación y es, empero, distinto de ella, constituye la primera verdad sobre la cual está basado todo el orden de la salvación -- la verdad (presente, en primer lugar, en la Trinidad) de diferenciación y unidad. Esta cualidad de la acción creativa de Dios de ser totalmente otro es la manera en que es Padre en relación con Su creación. La paternidad humana también posee ese carácter de diferenciación. No importa cuánto un padre humano ame y cuide a sus hijos: la vida que ha contribuido a gestar es apartada, quitada y incluso físicamente distante, separada. Un padre no puede tener con su hijo la misma clase de vínculo íntimo y físico que tiene la madre. El P. Walter Ong, S.J., ha escrito una de las obras más profundas sobre el significado de la sexualidad masculina en relación con la Paternidad de Dios, titulada Fighting for Life. Afirma que "la sexualidad masculina representa a Dios Padre. Dios se asemeja a lo masculino porque es una fuente de la vida que es 'otra, distinta, separada' (la palabra hebrea kadosh, traducida como sanctus, hagios santo, significa en su raíz 'separado') de toda su creación, incluso de los seres humanos, no obstante ser ellos a su imagen y semejanza".

En el Antiguo Testamento, Dios es un Padre porque Él es la causa de su pueblo y éste no puede ser confundido con Él. La creación parte de Dios y pervive en relación a Él. Entre Dios y todo lo hecho por Él existe una importantísima relación de Yo-Tu, en la que la creación se vuelve hacia Dios para darle alabanza y gloria. (Ps. 145,10, 147,12). Dios y sólo Dios es el fundador de la nación hebrea. El pueblo hebreo existe sólo porque está en alianza con Yahvé, una alianza iniciada por Él. Dios es la causa de que los judíos fueran liberados de la esclavitud en Egipto para que concluyeran con Él un pacto en el Monte Sinaí. Este pacto inició el cumplimiento de la promesa que Dios le hizo a Abraham -- una promesa que tuvo su primera manifestación en el nacimiento de Isaac. En Abraham y Sara, Dios engendra un pueblo para Sí.

Reiteradamente y a lo largo de todo el Antiguo Testamento, Dios se revela como Padre. Es por creación que la vida es recibida por Israel y por las mujeres estériles. Cuando Eva concibe a Caín, exclama que el niño no es la consecuencia del poder de Adán, sino del de Dios: "He alcanzado de Yavé un varón". (Gen.4,1). Cuando las mujeres estériles -- Sara, Ana, Isabel en el evangelio de San Lucas -- son finalmente bendecidas con un hijo, comparten su triunfo con Dios. La paternidad liberadora de Dios alcanza su culminación con el nacimiento de Jesús, que es el propio Hijo de Dios.

La madre de siete hijos en 2 Macabeos 7, 22-23, que contempló la tortura de sus hijos, proclama:
Yo no sé cómo fuisteis formados en mi seno; porque ni yo os di el alma, el espíritu y la vida ni tampoco fui la que coordiné los miembros de cada uno de vosotros; sino que el Creador del universo es el que formó al hombre en su origen y el que dio origen a toda las cosas; y Él mismo os volverá por su misericordia el espíritu y la vida, puesto que ahora, por amor de sus leyes, no hacéis aprecio de vosotros mismos.
Dios: "Él dio origen a todas las cosas". Es importante prestar atención a que si bien estas mujeres del Antiguo Testamento sienten que su poder para concebir está en relación con Dios, aún así Dios no las reemplaza. No se apodera de su maternidad. Él las hace ser madres.

Muchos teólogos feministas afirman que Padre es sólo una expresión de Dios en el Antiguo Testamento. Después de todo, hay lugares en la Escritura Hebrea en los que Dios se refiere a sí mismo en términos maternales. El texto más frecuentemente citado para fundamentar a Dios como madre es Isaías 49,14-15: "¿Puede acaso la mujer olvidarse del niño de su pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Y aún cuando ella pudiera olvidarle, Yo no me olvidaría de ti".

Advirtamos, en primer término, que Dios no es llamado "madre". Su amor es comparado con el de una madre y en realidad excede en mucho a la maternidad humana. Más aún, como lo señaló Manfred Hauke en su obra Women in the Priesthood?, el fundamento teológico para Isaías es aquí marital. En Isaías 54,5-6, Dios es descrito como el esposo de Israel: "Porque Esposo tuyo es el Creador cuyo nombre es Yavé... Pues Yavé se ha llamado de nuevo como a una mujer abandonada y afligida de espíritu". La economía de la redención tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento está ordenada maritalmente. Como puntualiza Hauke, las imágenes femeninas de Dios en el Antiguo Testamento son aberraciones útiles para un momento particular de crisis. Estas imágenes tienen una vida simbólica limitada y pasajera en el transcurso de la relación de Israel con Dios. En cualquier caso, en el pasaje de Isaías frecuentemente citado, Dios es percibido como habiendo abandonado a su pueblo. El Señor Dios asegura nuevamente a Su pueblo que Él está cerca, comparando su Amor, no con el de un Dios distante y ajeno, sino con un amor que es inmanente y accesible para él en su experiencia temporal. Es como si el padre de familia dijera a sus hijos -- cuando la madre está enferma o ausente -- "tengan coraje, no sólo seré su padre sino que seré como una madre en esta época de crisis."

Otro pasaje frecuentemente citado para mostrar que Dios es tanto Padre como madre es Isaías 66,13: "Como aquél que consuela a su madre, así os consolaré Yo a vosotros; seréis consolados en Jerusalén". Pero en todos los versículos precedentes es Zion o Jerusalén la madre (v. 7-12). Por ejemplo, se dice de ella, "[P]ara que maméis hasta saciaros de los pechos de sus consolaciones, para que sorbáis con fruición la abundancia de su gloria". Ese maternalismo tan gráfico no es aplicado a Dios. Más aún, Él es un Padre. En el versículo 9, Él es quién da a Israel el poder de concebir: "¿Acaso voy a abrir Yo el seno materno para no dejarlo dar a luz? dice el Señor. ¿O lo cerraré acaso Yo el que hace dar a luz? dice tu Dios". Cuando acudimos al pasaje que compara el consuelo de Dios con el de una madre, esa confortación es mediatizada a través de Jerusalén, que es la madre.

Mientras que Dios es ocasionalmente mencionado como una madre, nunca es directamente llamado "madre". En cambio, es directamente llamado "Padre". Por ejemplo, en Isaías 63,16: "Porque Tú eres nuestro Padre, aunque Abrahán no nos conoce e Israel nada sabe de nosotros". Otros pasajes comprenden Isaías 63,15, 64,7; Salmos 68,10, 89,237, 103,13 y Jeremías 31,9,19. Dios es conjuntamente Padre para su Hijo (un símbolo de Su pueblo) y amante para Su esposa Israel. (Jer. 3,19-20)

Por último, no olvidemos que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento se refieren habitualmente a Dios con pronombres masculinos más que femeninos. En cambio, la feminidad es más frecuente, irrestricta, abiertamente aplicada a la creación, a Israel y a la Iglesia.

El Padre envía a su Hijo al mundo para revelar Su amor. Entre el Hijo y el mundo, más específicamente la Iglesia, se continúa el Yo-Tu del orden de salvación de la alianza. El Hijo es la cabeza para la Iglesia, que es Su esposa. La relación es en sí misma marital. Una de las verdades más importantes relacionadas con la economía de la salvación es que la masculinidad de Cristo no es arbitraria o de poca importancia para la salvación. Cristo no sólo asume la humanidad genéricamente. Él llega como varón y esto así porque es enviado a la Iglesia como su Esposo y, de este modo, el orden original de la sexualidad humana es incorporado al orden de la redención. El amor salvífico del Esposo llega a la Iglesia desde fuera y es la causa de su existencia, del mismo modo que Adán es la causa de Eva. Y la Iglesia gozosamente recibe su ser, y a la vez da consumación sobre el Esposo y da forma, de acuerdo a su naturaleza femenina, al principio de unidad con Cristo y deviene Su auténtica asociada de alianza. La salvación no es efectuada por Cristo en soledad, sino por su unión nupcial pues Cristo es la fuente de la Iglesia; la Iglesia es Su pleroma (plenitud). Juntos, son la Nueva Alianza que no es otra cosa que la de "una sóla carne". El vínculo entre el hombre y la mujer en el matrimonio cristiano es el signo sacramental del matrimonio puro y perpetuo entre el Esposo y su Esposa, la Cabeza y el Cuerpo.

Entre los antiguos gnósticos y los modernos feministas hay algo en común. Ambos quieren desnudar a Cristo de Su cuerpo y hacer insignificante su masculinidad, porque ambas escuelas de pensamiento no pueden comprender o apreciar los conceptos de diferenciación y unidad. Para ellas lo primero es siempre opuesto a lo último. Esto es así porque gnósticos y feministas viven en un mundo monista y no en uno fundado sobre la verdad de la Trinidad. La Iglesia católica insiste en que el género de Cristo es esencial para el orden de la redención. La Declaración del Vaticano de 1976 sobre la cuestión de la ordenación de las mujeres, Inter Insigniores, sostiene que la masculinidad de Cristo "no puede ser separada de la economía de la salvación". La enseñanza de esa Declaración fue reafirmada por el papa Juan Pablo II en 1994 en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotales. El documento de 1976 hacía una afirmación que iba a ser conmocionante especialmente para aquellos que querrían negar la significación del orden histórico, a saber, "Que Cristo fue y permaneció hombre". Esta afirmación enseña que Cristo no sólo fue varón durante su permanencia en el mundo, sino que ahora, incluso en la gloria y sentado a la derecha del Padre, es varón. Para toda la eternidad la Segunda Persona de la Santísima Trinidad debe ser asociada -- incluso físicamente, de acuerdo a su cuerpo resucitado -- con la masculinidad. Jesús es un hombre. Todo esto es, por supuesto, muy importante para la naturaleza sacramental y litúrgica de la religión cristiana. La masculinidad, incluso la de Cristo, no está aislada (incomunicada, encerrada en sí misma) sino que está puesta al servicio de la unidad; está en relación con la Iglesia como mujer.

El Hijo, engendrado desde la eternidad por el Padre, revela al Padre, y el trabajo del Hijo encarnado es la labor del Padre. La esencia de la obra del Padre y el Hijo es dar vida: "Como el Padre resucita a os muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere les da vida". (Jn. 5, 21) Y "Porque así como el Padre tiene la vida en sí mismo, ha dado también al Hijo el tener la vida en sí mismo. Le ha dado también el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre" (5:26-27).

En el Último Discurso, Jesús dice a los Apóstoles: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn. 14:9). El Hijo encarnado existe como un forma de sacramento de la voluntad y la acción del Padre: "Las palabras que yo os digo no las digo de mí mismo; sino que el Padre que mora en mí, hace Él mismo sus obras. Creedme: Yo soy en el Padre, y el Padre en mí..." (14:10-11). Un poco más adelante, Jesús afirma: "El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió" (14:24).

Es en el Último Discurso que Jesús promete enviar el Espíritu Santo. Mucho se ha especulado sobre si el Espíritu Santo manifiesta cualidades femeninas (más que masculinas). El argumento, simplicadamente ofrecido, es que Dios es el origen tanto de la masculinidad como de la feminidad y, como la paternidad de Dios es sacramental e históricamente manifestada en los padres humanos, la maternidad de Dios (en el Espíritu Santo) se manifiesta en las madres humanas -- en particular en las madres cristianas. Se ha afirmado que María es la imagen del Espíritu Santo, o que la familia humana -- padre- madre, hijo -- está basada sobre las relaciones y la unidad de la Trinidad, y que dentro de esta tríada divina el Espíritu Santo es femenino. De este modo, la mujer es el signo concreto del Espíritu en el mundo.

Esta visión teológica es errónea. No hace honor al ser Totalmente Otro de Dios; no respeta la forma en que Dios es en relación a Su creación. No refleja la manera en que Dios es respecto de la Iglesia. No es una expresión teológica adecuada a la persona o acción del Espíritu Santo. Además, la feminización del Espíritu Santo tiene consecuencias muy negativas para la naturaleza de la alianza de la salvación y para la economía sacramental de la Iglesia.

Scott Hahn, uno de los más populares escritores católicos de la actualidad, ha sostenido recientemente, en su obra First Comes Love, que: "Lo que hace la madre en el orden natural, el Espíritu Santo lo realiza en el orden sobrenatural". La tesis del libro del Dr. Hahn es que la Trinidad es una familia y así la familia humana de padre, madre, hijo se fundamenta sobre esta verdad sobrenatural. Dentro de la familia humana, la actividad maternal es la expresión histórica de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Este modo, Hahn lanza audaces afirmaciones como que Kimberley, su mujer, es "el Espíritu Santo de nuestro hogar".

Voy a exponer una crítica a la teología de Hahn sobre la naturaleza femenina del Espíritu Santo. Pero primero quiero manifestar que tengo la más profunda estima y respeto por Scott Hahn, tanto como amigo como teólogo colega. Su libro First Comes Love está lleno de excelentes percepciones. Scott admite que sus opiniones son tentativas y afirma que "si el Magisterio encontrara a algunas de ellas insatisfactorias, seré el primero en renunciar a ellas, y quitar del libro las páginas que siguen y arrojarlas gustoso al fuego -- y después invitarlos a uds. a hacer lo mismo". Reconoce la naturaleza controversial y debatible de sus especulaciones.

Scott dice que la Trinidad es una familia. Correcto, pero sólo en un sentido limitado. Es un error tratar de hacer paralelos literales como si se tratara de familias biológicas. La Santísima Trinidad no es un Padre, una madre y un Hijo con una estricta correlación biológica aquí en la tierra. Pero Scott está buscando ese estricto paralelo: "Cuando hace a la humanidad a imagen y semejanza divina, la Trinidad estaba creando una imagen primordial de Sí misma... El hombre y la mujer debían volverse 'uno'... El uno que llegarían a ser era tan real, que nueve meses después tendrán que darle un nombre. La Iglesia llama a la familia una 'comunión de personas' unidas en el amor; esa es la verdadera definición que aplica a la Trinidad. Así es hasta ahora. En la familia, nos transformamos tres-en-uno, reflejando al Dios Trino".

Si la familia humana tiene una correlación literal con la Divina Familia, la pregunta correspondiente sería ¿quién es quién? ¿Han engendrado el Padre y el Hijo al Espíritu Santo? Entonces ¿el Espíritu Santo es su hijo? Pero Jesús no es una madre; Él es el Hijo. ¿O el Espíritu Santo es la madre? Pero nosotros sabemos que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y por tanto no puede ser la madre. Si hay un "hijo" en la Trinidad sabemos que es el Hijo, engendrado por el Padre desde la eternidad y sin la ayuda de una madre divina. Vemos que tratar de crear paralelismos literales en la familia humana para reflejar a las personas de la Trinidad es incorrecto.

Cuando descendemos hasta la familia humana, Scott afirma que la mujer refleja al Espíritu Santo. Pero el Espíritu Santo no posee una esencia maternal ni tiene que desempeñar un rol maternal dentro de la vida de la Trinidad. El ser del Espíritu Santo dentro de la Trinidad no es maternal.

Scott ve al Espíritu Santo como el agente maternal de nuestro renacer: "Si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Jn. 3, 5). Cree que la acción del Espíritu Santo, de la que se habla en este versículo, es maternal. Pero ¿es el Espíritu Santo quien da nacimiento o es el Espíritu Santo el principio activo de la regeneración en las aguas del bautismo? Hay otro principio del bautismo, a saber, el agua, un elemento temporal. El agua bautismal es el agua de la Iglesia, la fuente bautismal. La Iglesia es el principio maternal de la regeneración, en relación con el poder del Espíritu Santo que obra dentro de ella. Scott dice que el Espíritu Santo, que nos convierte en "hijos adoptivos", tiene dolores de parto, pero el pasaje que cita en apoyo de esto, Romanos 8, 22-23, no dice que el Espíritu Santo esté gimiendo. Más bien es la creación la que gime y los nacidos a la vida por el Espíritu -- gimiendo para ser hechos total y completamente en el Espíritu "mientras aguardamos la redención de nuestros cuerpos" (v. 23).

Afirma Scott que habiendo el Espíritu Santo dado nacimiento espiritual a sus hijos, también los alimenta. Dice "Así como la madre alimenta a sus hijos, el Espíritu Santo alimenta a los hijos de Dios con la leche espiritual". Se refiere a 1 Corintios 3, 1-3, en donde San Pablo dice que tuvo que alimentar a los "niños en Cristo" con leche y no con alimentos sólidos porque ellos no estaban listos para eso. Pero de ningún modo San Pablo dice que la leche sea el Espíritu Santo o que fuera Él quien daba el alimento. Es Pablo quien está alimentando con la leche y por eso tenemos la idea que Pablo está hablando de la comida de su ministerio evangélico y que él tiene que proceder despaciosamente con los nuevos conversos porque no están listos para la comida sólida, p.e., para el exigente y maduro mensaje evangélico.

En 1 Pedro 2,2 se habla de cómo los cristianos deben estar ansiosos por la "leche pura del espíritu". Pero no se menciona por qué medio se llega a ella. Como veremos, este medio es la actividad materna, no del Espíritu, sino de la Iglesia.

Scott dice que el Espíritu nos enseña a rezar (como una madre lo hace con su bebé). Pero la cita que hace de Efesios 6,18, nada dice sobre ser enseñado a rezar; sólo dice "orad en el Espíritu" como una exhortación. En tanto, 1 Pedro 2,2 "caminad en el Espíritu", nada dice que sea el Espíritu Santo el que nos enseña a caminar. No hay ninguna referencia a esto en todo ese pasaje.

Más adelante, Scott afirma que el Espíritu nos enseña a llamar a Dios "Abba", de acuerdo a Romanos 8, 15: "Dado que no recibísteis el espíritu de esclavitud, para obrar de nuevo por temor, sino que recibísteis el espíritu de filiación, en virtud del cual clamamos ¡Abba!, [esto es], Padre". Dice, entonces, que fue su esposa Kimberley quien enseñó a sus seis hijos a llamarlo "papá". Por tanto, él ve a su esposa como la imagen del Espíritu Santo. Sin bien puede haber sido Kimberley quien presentara sus hijos a su "papá", en ninguna parte de la Epístola a los Romanos la actividad del Espíritu se da dentro de un contexto maternal. Es más: el pasaje muestra un contexto bautismal puesto que el capítulo trata del morir para la carne y vivir en el Espíritu "desde que el Espíritu de Dios habita en vosotros" (Rom. 8, 9). Este afincamiento del Espíritu ocurre en el Bautismo, algo que San Pablo trata más detalladamente en Romanos 6.

Debemos prestar especial atención a la acción del Espíritu Santo en el Bautismo para ver que no es el Espíritu Santo que da la vida, sino que el Espíritu Santo habilita a la Iglesia a dar la vida de acuerdo con el orden de la salvación de la alianza. Tan numerosas son las enseñanzas de los Padres de la Iglesia sobre la maternidad de la Iglesia que no podríamos comenzar a tratarlos exhaustivamente a todos en espacio de este artículo. Para un completo tratamiento de este tema, aconsejo la lectura mi libro Sexuality and Authority in the Catholic Church (University of Scranton Press). No obstante, sólo unas pocas citas serán suficientes para fundamentar nuestra opinión de que en el Bautismo, la maternidad es de la Iglesia, no del Espíritu Santo.

Muchos Padres de la Iglesia hablan del renacimiento como algo que ocurre entre Dios Padre y la Madre Iglesia. Orígenes enseñó: "La Iglesia es también nuestra Madre, a la que Dios Padre por el Espíritu Santo tomó para Sí como esposa. Por medio de ella, Él engendra por Sí Mismo hijos e hijas. Y en la medida que estos son elevados en conocimiento y sabiduría, así también crece el gozo de Dios Padre y de la Madre Iglesia (Exposición de Proverbios).

Como vemos, es a través de la Iglesia que Dios Padre y el Espíritu Santo engendran hijos e hijas. El Espíritu Santo se une con la Iglesia para dar nacimiento a los cristianos, pero el Espíritu Santo no se confunde con La Iglesia.

Tertuliano, en Sobre el Bautismo, escribió; "Por esto, hijos benditos, quienquiera espera la Gracia de Dios, cuando os eleváis desde la más sagrada fuente de vuestro nuevo nacimiento y junto con vuestros hermanos, tendéis por primera vez las manos en la casa de vuestra madre, [y] pedís de Vuestro Padre, del Señor, que os sean dados sus propias gracias especiales [y] la distribución de los dones".

Es la "fuente sagrada" la que causa el renacer -- la fuente junto a la Iglesia, que la acción de Dios ha hecho fructífera. Una vez que el nuevo cristiano sale de la fuente, la Madre Iglesia lo ha habilitado a aproximarse a Dios. Aquí es la Iglesia, no el Espíritu Santo, quien conduce a sus hijos hasta Dios Padre, la que les enseña a orar.

Esta sociedad pactada entre Dios y la Iglesia aparece muy claramente en las enseñanzas de San Agustín. En el Sermon 56 afirma: "'Nuestro Padre que está en el cielo'. Esto demuestra que vosotros comenzáis a tener a Dios por padre. Y lo tendréis cuando nazcáis. Sin embargo, incluso ahora antes de nacer, habéis sido concebidos de su semilla, porque estáis próximos a ser traídos delante en la fuente, el seno de la Iglesia".

En el Sermón 16, Agustín se dirige a los catecúmenos. "Oh, vosotros que habéis nacido (a la Fe), a quienes el Señor ha hecho, esforzáos en nacer de modo sólido y saludable, a fin de que no ser paridos prematura y desastrosamente. Contemplad el vientre de vuestra madre, la Iglesia; mirad cómo ella se afana por conduciros hacia la luz de la fe; no hagáis que vuestra impaciencia, perturbe el cuerpo de vuestra madre y haga difícil el trabajo de parto."

Es la Iglesia la que se esfuerza para dar vida. Es interesante hacer notar que Agustín usa la palabra "útero" y no vientre en el latín original. La maternidad de la Iglesia es expresada con gráfico realismo. Ella constituye el principio maternal de nuestro renacer. El Espíritu Santo, que está junto al Padre y del Hijo, es su socio de alianza.

Scott cita a San Metodio que elaboró un paralelo entre el Espíritu Santo, procedente tanto del Padre como del Hijo, y Eva procedente del Dios Padre y el costado de Adán: "de modo que Metodio llama al Espíritu Santo 'la costilla de la Palabra' -- el principio no creado de la maternidad". Pero la analogía está errada. En tanto Eva es la mujer de Adán, el Espíritu Santo no es la esposa de Cristo. Cristo no está casado con "ella".

San Metodio en su trabajo El banquete habla de la Iglesia como una madre que procura el renacer de los hombres: "Así la Iglesia ... es ... también nuestra madre. Pues así como una mujer recibe de su marido la informe semilla y luego de un período de tiempo pare a un ser humano perfecto, así también podríamos decir que la Iglesia, [está] constantemente concibiendo a aquellos que hallan refugio en su Palabra, configurándolos a semejanza de Cristo... Por tanto, es necesario que ella esté sobre la jofaina (la fuente bautismal) como la madre de los que son lavados".

El Espíritu Santo no toma posesión del rol maternal de la Iglesia, pero está en relación con ella porque es la que da a luz a los hijos de la Palabra. Prestemos atención a las palabras de Theodore Mopsuestia en su Baptismal Homily III:



Anticipadamente, el obispo pronuncia una fórmula de palabras prescriptas, pidiendo a Dios que permita que la Gracia del Espíritu Santo encuentre el agua y la haga capaz de engendrar este tremendo nacimiento transformándola en una matriz para partos sagrados. Pues cuando Nicodemo preguntó "Puede un hombre entrar en el seno de su madre por una segunda vez y volver a nacer", Nuestro Señor le respondió "A menos que se haya nacido del agua y del Espíritu, no se puede entrar en el Reino de Dios". Quiso significar que así como en el parto natural el seno materno recibe una semilla ... así también en el bautismo el agua se transforma en un vientre para recibir la persona por nacer, pero es la gracia del Espíritu Santo la que la forma para un segundo parto y la hace completamente nueva ... de modo que aquí también: el bautizado se instala en el agua como en si ésta fuera un vientre, como una semilla que no muestra ningún signo de naturaleza inmortal; pero una vez bautizado y fundido con la divina gracia del Espíritu, su naturaleza es totalmente rehecha.

Está absolutamente claro que el Espíritu Santo y la Madre Iglesia colaboran entre sí pero de una manera en la cual no hay confusión entre ellos. El Espíritu Santo llega a la Iglesia desde fuera y constituye un principio engendrador de la fuente femenina del renacer.

Es de la mayor importancia tomar nota que Scott es extrañamente silencioso respecto de la acción del Espíritu Santo en la Encarnación de Jesús, muy probablemente el más significativo de los roles desempeñados por Él en la economía de la Nueva Alianza. La Encarnación de la Segunda Persona en el seno de María se lleva a cabo sin un padre humano. En lugar de ello, se le dice a María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será llamado Hijo de Dios". El Espíritu Santo hace que María sea madre. La madre de Jesús es María, no el Espíritu Santo. Para María, el Espíritu Santo está junto a Dios Padre. María y el Espíritu son compañeros nupciales en la Encarnación. Ella recibe algo que no es de ella, que no está en ella. Esta intervención milagrosa de Dios en el mundo constituye el modelo fundacional de la redención. Es más: lo que tenemos aquí es una recreación del Comienzo. Por el Espíritu inspirador sobre las aguas, la creación recibe su existir. La frase de María fiat mihi es una manifestación creativa, autorizada, que paralela y finalmente es la consumación del primordial "sea hecho" de la palabra creativa de Dios en Génesis 1. En María Dios recibe finalmente la respuesta de la creación. La totalidad de la economía sacramental está basada sobre esta dinámica. En el fiat de María, ella no sólo se transforma en la madre de Dios, sino que se convierte en la esposa del Espíritu Santo. No hay ciertamente ni la más ligera prueba dentro del relato bíblico de la Encarnación, del desempeño por parte del Espíritu Santo de un rol maternal. La maternidad está junto a María; Dios no la substituye por su respuesta en relación a Él.

La acción creativa de Dios en el Principio y la Encarnación de Cristo deja paso a la verdad sacramental de la Eucaristía. Nuevamente, de acuerdo al orden nupcial y del pacto de la salvación, el Espíritu Santo, desde fuera y en relación con la Iglesia, causa la presencia eucarística de Jesús como una continuación de la Encarnación. La Iglesia, en el modelo de esposa y madre de María, recibe al Señor.

El modelo Yo-Tu es evidente cuando Jesús sopla sobre los Apóstoles y les da el Espíritu Santo. Es más; el Espíritu Santo les es dado para continuar el trabajo salvífico de la Esposa y de la misma manera que Cristo es enviado al Padre: "'Como me envió mi Padre, así os envío yo'. Diciendo esto sopló y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo: a quien perdonáreis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviéreis, les serán retenidos'" (Jn. 20:21-23).

Otra vez la acción de Espíritu Santo es claramente ubicada junto a Dios Padre y Cristo el Esposo. Los Apóstoles y sus sucesores -- todos hombres -- han recibido el poder de perdonar los pecados en su papel de otros Cristos para el pueblo de Dios. El Espíritu Santo no está en una postura maternal. Más aún, su acción está asociada con la labor salvífica de Jesús el Esposo. Emile Mersh, S.J., en su obra maestra The Theology of the Mystical Body, afirma que la "obra del Espíritu debe ser buscada en la totalidad de Cristo. La humanidad no tiene acceso al Padre como Padre excepto en el Hijo encarnado; nadie posee el Espíritu como Espíritu sino en el Hijo encarnado".

Scott hace referencia a San Maximiliano Kolbe, que llama a María una "quasi-incarnatus" del Espíritu Santo. Kolbe tuvo una devoción muy profunda hacia María y debemos atribuir a este hecho su intento de elevar el status de María, incluso, en cierto modo, divinizarla. Pero esa elevación es errada desde un punto de vista teológico. María es su propia persona. Aunque colmada por el Espíritu Santo, el Espíritu Santo no se "apodera" de ella. El Espíritu Santo no la sustituye. El latinoamericano Leonardo Boff, teólogo de la liberación, enseñó en su obra The Maternal Face of God, que María está "hipostáticamente unida con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad". No obstante que por motivos bien diferentes, la elevación de María que hacen Kolbe y Boff plantea problemas significativos. Si María es una especie de encarnación del Espíritu Santo, entonces, ¿quién actúa en ella? ¿Quién está hablando? ¿Quién está respondiendo a Dios? Ciertamente el significado de la persona de María en cuanto creatura queda dismininuido -- y queda eliminada la parte que una persona humana, más aún, una mujer qua mujer, pudo haber desempeñado alguna vez en el drama de la redención. Ya no es más una creatura, una mujer, que se levanta por toda la humanidad, que concibe a Cristo en la libertad de una voluntad humana llena de gracia. En el drama de la salvación Dios estaría como hablándose a Si mismo.

En relación con el ser de María, "quasi-encarnatus" del Espíritu Santo, Scott dice en una nota al pie de página: "El 'quasi' es lo que salva a esta expresión, desde que el Espíritu y María no están unidos 'hipostáticamente', sino como dos personas distintas, una divina y otra humana. Quizás sea preferible la noción de María como 'ícono' o 'réplica creada' del Espíritu Santo." Pero ¿ayuda realmente lo de "réplica creada"? Uno puede concebir a Jesús como la "réplica creada" de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Si es la "réplica creada" de la Tercera Persona de la Trinidad, entonces ¿es realmente María su propia persona? ¿Es ella un clon del Espíritu Santo? ¿Tiene algo de libre voluntad? ¿Puede realmente representar a toda la humanidad?

¿Le pertenece a María su maternidad, o es del Espíritu Santo? Y si también es del Espíritu Santo, entonces Cristo tiene dos madres y eso jamás puede ser. No debemos despojar a María de lo que le pertenece por ser una creatura. María es una mujer llena de gracia como ser humano. Su significación está junto a la Iglesia, como una persona que se entrega totalmente a Dios -- sin ser Dios o parte de la Trinidad ni una "réplica" del Espíritu Santo.

Me tiene perpleja que Scott pueda decir que porque la Iglesia es un cuerpo espiritual "no podemos referirnos a ella como masculino o femenino, aunque incluso la Tradición se refiera a ella como Esposa y Madre. De manera similar, Dios es trascendente y por eso no podemos hablar de Dios como poseyendo cualidades 'masculinas o femeninas', aún cuando las dos primeras Personas son correctamente llamadas Padre e Hijo". Querría agregar que tanto Jesús como la Iglesia al referirse al Espíritu Santo lo hacen con pronombres masculinos. Pero Scott llama al Espíritu Santo con títulos femeninos como "madre" y "esposa", y así su teología nos conduce a que nos refiramos a Él con pronombres femeninos. Ciertamente podemos -- más aún, debemos -- si queremos ser fieles al orden nupcial de la salvación, apreciar la verdadera naturaleza femenina de la Iglesia. Más aún; la Iglesia es la verdadera madre espiritual -- las mujeres son su símbolo. Debemos también apreciar la verdadera Paternidad de Dios -- la paternidad terrenal es su símbolo. El orden nupcial de la redención no es sólo una manera de hablar sobre la salvación -- una bella metáfora poética. Si no hay esencia de feminidad en la Iglesia o de Paternidad en Dios, entonces la maternidad de la Iglesia y la Paternidad de Dios se convierten en nombres arbitrarios y pueden ser substituidos para acomodarse a nuestras propias ideas sobre Dios.

El Espíritu Santo enviado por Cristo el Esposo mora en la Iglesia. En un cierto sentido es el alma de la Iglesia. Es su principio vivificante, pero siempre conectado a la acción redentora de Cristo, el Esposo, que vive en ella Eucarísticamente y causado por el poder del Espíritu Santo. El objetivo de la Salvación es atraernos hacia el banquete celestial de la fiesta del Cordero como se lo revela en el Libro de la Revelación: "El Espíritu y la Esposa dicen ven". La voz del Espíritu está claramente al lado de Cristo -- el Esposo masculino que se ofrenda a Sí mismo por la Iglesia y está unido nupcialmente con ella. El banquete nupcial está dispuesto y nosotros somos invitados conjuntamente por la Esposa y el Esposo, en la belleza y el misterio del pacto de la salvación que está siempre vinculado y revelado en la bondadosa creación de Dios.





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