Columna invitada
Quemadores de Biblias

Febrero 2004By Dwight Longenecker

Dwight Longenecker es editor o autor de cinco libros, entre ellos The Path to Rome (El camino a Roma), un libro sobre conversiones de británicos. Es coautor de Challenging Catholics: A Catholic-Evangelical Debate y autor de More Christianity.

Siguen circulando relatos sobre cómo la iglesia católica se opuso a la traducción de la Biblia a la lengua vernácula. Pero la iglesia nunca desaprobó eso. Después de todo, la Vulgata fue originariamente traducida por San Jerónimo para que la Biblia estuviera disponible en la lengua vernácula de entonces, el latín, que siguió siendo la lingua franca de la gente educada de Europa hasta finales del siglo XVIII y más. No fueron los reformadores protestantes los primeros en traducirla a lenguas europeas más modernas. La iglesia católica aprobó la Biblia de Gutemberg en alemán en 1455. La primera edición en flamenco apareció en 1478. Dos versiones italianas fueron impresas en 1471 y una catalana fue publicada en 1478. Una Biblia polaca fue traducida en 1516, y la primera versión inglesa es del 1525. Muchas de estas ediciones eran de toda la Biblia. Siglos antes habían aparecido libros individuales en lengua vernácula. Por ejemplo, el primer Evangelio de San Juan en inglés, fue traducido al anglo-sajón en el año 735 por el Venerable Beda.

La iglesia no objetó la traducción de la Biblia al inglés de William Tyndale. Antes bien, objetó las anotaciones y prejuicios protestantes que la acompañaron. La traducción de Tyndale fue completada con prólogo y notas al pie condenando la doctrina y las enseñanzas de la iglesia. Incluso Enrique VIII, rey de Inglaterra, la reprobó en 1531 por ser una corrupción de la Escritura. En palabras de los consejeros del rey: "la corrupta traducción de la Escritura hecha por William Tyndale debe ser completamente desechada, rechazada, y puesta lejos del alcance de la gente…".

El obispo protestante Tunstall de Londres declaró que en la Biblia de Tyndale había más de 2.000 errores. Tyndale tradujo el término bautismo como "limpieza", escritura como "escrito", Espíritu Santo como "Aliento Sagrado", obispo como "supervisor", sacerdote como "anciano", diácono como "ministro", herejía como "opción", martirio como "testimonio", etc. En sus notas al pie, Tyndale se refirió al ocupante de la silla de San Pedro como "ese gran ídolo, la ramera de Babilonia, el anti Cristo de Roma".

La respuesta católica no fue quemar la Biblia, sino quemar la Biblia de Tyndale. Fue ésta una época en la que, según parece, hacía furor de hacer su propia versión de la Biblia. Los reformadores suprimieron los libros del Deuteronomio, Lutero quería deshacerse de la epístola de Juan así como de Hebreos, Judas y la Revelación porque no estaban de acuerdo con su doctrina de la justificación. Se peleaban entre sí sobre cuál era la mejor versión de la Biblia. De la versión alemana hecha por Lutero, Zwingli decía: "¡Oh, Lutero, tu has corrompido la palabra de Dios; tu eres visto como un manifiesto corruptor de la sagrada escritura; cómo nos avergonzamos de ti…!". A lo que Lutero respondió cortésmente: "Los seguidores de Zwingli son tontos, burros e impostores". Al mismo tiempo, el francés Louis du Moulin, teólogo reformador, se quejaba que Calvino "violenta la letra del evangelio y hace, además de esto, agregados al texto".

Los reformadores protestantes pueden haber sido revolucionarios pero su revolución fue extremista, no poco parecida a la de los talibanes. Esto está ejemplificado en su celo para destruir. Los católicos quemaron algunas Biblias, pero los protestantes incineraron libros en tal escala que hacen que los fuegos católicos parezcan la llamita de una vela. En Inglaterra, al ser suprimidos los monasterios, sus bibliotecas también fueron, la mayoría de las veces, destruidas. De modo que vastas bibliotecas monásticas integradas por textos religiosos que comprendían Biblias católicas antiguas, raras, y manuscritas fueron entregadas a las llamas. En 1544, en las regiones de Irlanda controladas por el anglicanismo, al saquear monasterios y bibliotecas, los reformadores arrojaron al fuego un inmenso número de libros antiguos, incluidos Vulgatas. En un esfuerzo por reducir a los irlandeses católicos a la ignorancia, el rey Enrique VIII decretó que la posesión en Irlanda de manuscritos sobre cualquier tema (incluidas las Sagradas Escrituras) podría conllevar la pena de muerte.

Incluso Enrique VIII quemó las Biblias protestantes de Tyndale, Coverdale y Matthew, con la Vulgata latina ayudando a alimentar el fuego.

En 1582, apareció el Nuevo Testamento católico de Reims, en inglés. Esta versión, con sus notas aclaratorias, despertó en la protestante Inglaterra la más violenta oposición. La reina Isabel ordenó la búsqueda, confiscación y destrucción de todas las copias. Si un sacerdote era hallado en posesión de ella, era apresado. La quema de Biblias no se limitó a Inglaterra. En 1522 Calvin quemó todas las copias que pudieron encontrarse de la Biblia de Miguel Servet y más adelante el propio Servet fue quemado en la hoguera por ser unitario.

Lamentablemente, la destrucción no se limitó a la quema de Biblias. El siglo XVI fue testigo en Inglaterra e Irlanda del más monumental pillaje y destrucción de arquitectura, arte y artesanías cristianas que haya presenciado el mundo. Entre el invierno de 1537 y la primavera de 1540, fueron destruidos más de 318 monasterios y conventos. Las iglesias parroquiales fueron saqueadas. Hermosas pinturas y tallas fueron hechas añicos. Vestimentas sagradas y mantelería de altar ricamente bordadas fueron confiscadas y transformadas en cortinajes y ropas. Copones sagrados fueron robados, fundidos y vendidos. Los protestantes destruyeron una herencia religiosa con el celo y la furia de los terroristas, y lo que los iconoclastas no tocaron durante el reinado de Enrique VIII fue pulverizado durante el régimen puritano de Oliverio Cromwell.

En Francia, sólo en un año (1561), los calvinistas, de acuerdo a sus propias estimaciones, "mataron a 4.000 sacerdotes, monjes y monjas, expulsaron o maltrataron a 12.000 religiosas, saquearon 20.000 iglesias y destruyeron 2.000 monasterios" con sus invalorables bibliotecas, Biblias y obras de arte. La colección de manuscritos raros del antiguo monasterio de Cluny fue, junto con muchas otros, irreparablemente perdida.

Viviendo en Inglaterra, como yo, el legado de esta destrucción sin sentido debido a las fuerzas anticatólicas está presente en todos los lugares. Un mapa de la zona rural muestra las incontables ruinas abandonadas de monasterios, abadías y conventos medievales. Al visitar la parroquia medieval de cualquier pueblo, Ud. notará los nichos vacíos, los blanqueados muros, las capillas laterales convertidas en depósitos, los vitrales en un tiempo desbordantes de figuras de santos y relatos de las Escrituras, convertidos ahora en ventanales de vidrios de un solo color. La iconoclastia fue sucedida por una campaña que, por trescientos años, continuó persiguiendo implacablemente a los católicos, y en tanto ocultaba la furia destructiva de las fuerzas protestantes, continuaba presentando a aquellos como la encarnación del mal.

La ironía definitiva es que las fuerzas verdaderas que sacaron y destruyeron las imágenes de los santos en las iglesias medievales pronto llenaron esos mismos templos con monumentos esculpidos y estatuas de los ricos y famosos de su tiempo. Las figuras de la Santa Virgen María y de los santos y ángeles están hoy reemplazadas por las figuras de héroes militares ingleses, primeros ministros y olvidados aristócratas rurales. El templo que mejor ejemplifica esto es la Abadía de Westminster. Cualquier católico que visita Londres se asombrará de cómo esta otrora orgullosa abadía benedictina ha sido transformada en un museo de los héroes civiles ingleses. En cada rincón uno encuentra estatuas de hombres de estado, reyes y políticos, en tanto los héroes de la fe cristiana han sido relegados a los sitios marginales.

El tiempo no cura todas las heridas. Los acontecimientos terribles y violentos no pueden ser olvidados simplemente. Decirnos a nosotros mismos que ciertas cosas nunca ocurrieron es una mentira. Decir que ahora, después de tantos años, ellas no importan, es otra versión de la misma mentira. Los acontecimientos horribles deben ser enfrentados, reconocidos, repudiados y perdonados. Los acontecimientos violentos y las persecuciones terribles tanto de protestantes como de católicos sólo pueden ser rectificados a través del arrepentimiento y el mutuo perdón.

Los católicos deben asumir sus propias faltas y pecados del pasado. En el Año del Jubileo, el papa Juan Pablo II dio un sorprendente paso adelante con su histórico mea culpa por los pecados de los católicos. El Miércoles de Ceniza del año 2000 llevó a la iglesia católica a un acto de público arrepentimiento. No obstante, esta admisión de culpa y el acto de arrepentimiento fue recibido aquí en Inglaterra y a lo largo del mundo protestante con un frío silencio. Ningún líder protestante ha ofrecido en forma corporativa un examen del pasado. ¿No es tiempo que el arzobispo de Canterbury y la reina de Inglaterra, como líderes protestantes, tomen la iniciativa y ofrezcan su propia reinterpretación del pasado? Si lo hacen, quizás otros quieran seguir y el proceso de curación podría comenzar.





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