¿Y tú?
Creo en la vida del mundo futuro

Enero 2009By Abad José

El Abad José, un monje de 25 años, ha sido durante los pasados ocho años el superior del Monasterio de la Divina Transfiguración en Redwood Valley, California, perteneciente al rito Bizantino de la Iglesia Ucraniana Católica. Es autor de dos obras, Joy Comes With Dawn: Reflections on Scripture and Life y How Lovely Is Your Dwelling Place: Lifting the Veils on the Presence of God, y edito y hecho los comentarios de Prepare for the Kingdom: A Journal of Hope in the Face of Death de Laura Grossman. Escribe regularmente sobre las Escrituras y la vida espiritual en un blog en http://wordincarnate.wordpress.com. Este artículo apareció en el número de Navidad del 2007 de Gladsome Light (P.O. Box 217, Redwood Valley, CA 94570), el newsletter del monasterio, y es reimpreso aquí con su autorización.

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Los pasados meses me brindaron muchas la oportunidad de meditar sobre la muerte. Mi buena amiga Laura y mi tía Peggy murieron de cáncer. Mientras escribo, mi tío Thomas está en una etapa avanzada de cáncer, y es probable que al tiempo que uds. lean esto, también él haya abandonado este mundo. También han muerto últimamente muchos amigos, relaciones y amigos de amigos. Vale la pena, pues, reflexionar un poco sobre el artículo final del Credo de Nicena, "Creo en la vida del mundo futuro".

Pero, antes de darlo por sentado, debería preguntar: ¿Crees tú en la vida del mundo futuro? Si esta pregunta hubiera sido hecha hace cincuenta años en los países occidentales, el porcentaje de respuestas afirmativas hubiera sido muy alto. Pero en la actual y posmoderna era, todo parece ser objeto de duda o descreimiento. Los libros de autores ateos integran las listas de bestsellers, y la creencia en los principios tradicionales son casi siempre objeto de burlas en los medios, en academias y en otros círculos "sofisticados". Dios es visto como una reliquia pintoresca de un pasado irrelevante — tolerado, si acaso, con una curiosa mezcla de diversión y desprecio. El hombre es la medida de todas las cosas; Dios es un concepto que debe ser relegado a la esfera de la meditación subjetiva, en tanto es excluido de todas las discusiones y políticas públicas. Al cortar nuestro vínculo con Él, nos dicen los profetas seculares, decididamente evolucionamos. Hemos visto la luz y dejado atrás la Edad Oscura, dejamos de depender de las supersticiosas proposiciones de la religión y de sus ridículas promesas celestiales.

Desde que Dios ha sido expulsado de la ciudad, todas las creencias y las obsoletas mitologías (como la vida eterna) se van junto con Él. Todo lo que ha quedado es la ciudad del hombre, es el proyecto terrenal que, como la historia lo demuestra, está condenado a repetir colapso, reconstrucción y colapso. La nueva torre de Babel está en construcción. Podemos diseñar nuestro futuro, rediseñar nuestras propias especies y crear medios más refinados y efectivos con que borrar esas especies de la faz de la tierra.

Escuchemos lo que podemos esperar después de una vida de logros en este feliz nuevo mundo sin Dios, por boca de una de las más famosas y sinceras ateas del siglo pasado. Madalyn Murray O'Hair: "No hay Dios. No hay cielo, No hay infierno, No hay ángeles. Cuando mueres, vas a la tierra, los gusanos te comen…". Un humano muerto, escribe O'Hair, no es más que "una hoja caída de una árbol, que un perro muerto en una carretera, que un pez atrapado en una red". Tal es el glorioso final de nuestra brillante, maravillosa y evolucionada existencia.

Lamento discrepar con la Srta. O'Hair, quien, después de haber sido brutalmente muerta en un acto de venganza por sus ilimitados (y bien documentados) rencor y odio, ahora debe ver las cosas, para bien o para mal, de manera muy diferente,

El abandono de la fe tiene una historia larga y compleja (ha habido incrédulos en todo tiempo y lugar), pero las actuales manifestaciones se relacionan, probablemente, con el advenimiento del "modernismo" en los pasados siglos XIX y XX. El papa San Pio X, que condenó formalmente al modernismo como "la síntesis de todas las herejías", afirmó que, filosóficamente, él se entroncaba con el agnosticismo: lo central es el hombre, la religión es solo un vehículo para sus deseos subjetivos por la divinidad (sólo entendida como una experiencia interior o "conocimiento religioso"), y todas las religiones son ciertas pues reflejan la psiquis humana.

En cuanto al futuro de la iglesia católica en tal contexto tan abandonado del Espíritu, la posición modernista puede quizás ser resumida por el excomulgado ex sacerdote Alfred Loisy: "Otro catolicismo debe hacerse realidad… de ningún modo condicionado por la institución pontificia o las formas tradicionales del Catolicismo Romano". ¿El Catolicismo no está de ninguna manera condicionado por el catolicismo tradicional? Uh, ¿por qué entonces quieren seguir llamándolo catolicismo? Si esa es su idea de la iglesia, entonces los dogmas de nuestra fe, — Eucaristía, resurrección, inmaculada concepción, cielo e infierno, etc. — no tienen lugar en esta nueva religión ilustrada, que termina siendo poco más que un apéndice de las siempre cambiantes "verdades" de la ciencia moderna, de la psicología y de la política.

De modo que ¿qué ha ganado el hombre, liberado de la fe y por ende de la obediencia a Dios? ¿Somos ahora realmente libres, sin limitaciones y restricciones? ¿Tenemos asegurada una vida de felicidad, sin temor a algún juicio futuro concerniente a nuestro destino eterno? No, los "ilustrados" y "libres" incrédulos no son nada más, en la frase de Thomas Howard, que "marionetas de la contemporaneidad". En cuanto a mi, yo creo en la vida del mundo futuro.

No trataré de demostrar que hay vida en el mundo futuro, porque no he dicho que lo tengo demostrado, sólo que creo en ello. Al hacerlo, me sumó a los millones de personas que por miles de años también han creído y entre las que figuran algunos de los más grandes intelectuales que el mundo ha conocido. La única razón por la cual especifico aquí "intelectuales" es porque en estos días ellos están entre los más escépticos y vociferantes. Para mi, el testimonio de las Escrituras (que incluye los relatos de testigos presénciales de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús), los testimonios combinados de innumerables santos y místicos, como asimismo el de mi propia y limitada experiencia, son suficientes para convencerme de que hay un mundo venidero: el reino celestial, hacia el cual somos explícitamente dirigidos desde que Juan el Bautista predicó su primer sermón en las riberas del Jordán.

Otro Juan, el santo visionario del Apocalipsis, describió su visión de la Jerusalén celestial, la que se nos ha transmitido como revelación divina. No obstante que ella es simbólica (por ejemplo, no tenemos que chequear, si fuéramos merecedores de entrar, si la hilada de las piedras preciosas de los muros coinciden con el relato bíblico), es sin embargo verdadera — o sea, que habla de una realidad que es, y que será manifestada a todos los ojos cuando llegue el momento preciso.

Las recientes décadas han presenciado el fenómeno de "experiencias cercanas a la muerte", que reivindican la realidad de una vida después de la muerte. Muchas personas que han pasado por estas experiencias afirman haber sido llevadas al cielo; pocas dicen haberlo sido al infierno. Es muy difícil juzgar estas experiencias — y son muy numerosas — pero aunque solo una visión del cielo sea verdadera, entonces la vida del mundo futuro es real. De modo que si las experiencias de algunas personas son verificadas, deberíamos considerarlas seriamente.

Decepcionaríamos a Dios si pensáramos que nos creó — y envió a su único Hijo a sufrir y morir por la expiación de nuestros pecados — simplemente para que, a duras penas, pudiéramos ganar unas pocas décadas de vida angustiosa en este mundo, marcado por dolores y sufrimientos sin fin. San Pablo está de acuerdo: "Si solamente para esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres" (Cor. 15, 19)

Realmente hemos sido creados para un fin noble y eminente, uno que excede todas las esperanzas de felicidad posibles en este mundo. La inconmensurable belleza de la mayoría de las creaciones divinas es apenas un indicio de lo que Dios ha preparado para aquellos que lo aman. Al ser creados a imagen de Dios, no pereceremos como los insectos o las hierbas. Dios nos creó y redimió por amor, "para que todo aquél que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Jn. 3, 16). Vida eterna, vida sin fin con el Único que nos dio el ser por amor, que nos insufló vida, creando nuestras almas inmortales en el momento de nuestra concepción.

El Dios de la vida nos ha revelado algo mucho más grande que el relativamente breve lapso de nuestras vidas terrenales: que nos ha creado para vivir para siempre, para sobrevivir espiritualmente a la muerte corporal y recuperar finalmente — en un estado eterno, vibrante y glorioso — la unidad de cuerpo-alma que constituye, en plenitud, nuestra naturaleza humana. Brevemente, Dios nos ha creado por el cielo, por la vida del mundo futuro. Esta vida presente es sólo una preparación, un test, para ver si estamos dispuestos a aceptar lo que Dios ha revelado y seguir sus "direcciones" hacia su reino de vida eterna y felicidad.

Si, entonces, los hombres no mueren como las moscas sino que tienen un destino eterno, debemos prestar mucha atención a lo que nuestro Creador dice acerca de ello. En efecto por cierto si bien todas las almas van a vivir para siempre, existen diferentes destinos. Debemos hacer todos los esfuerzos para asegurarnos un lugar en el hogar de la felicidad — y no descubrir demasiado tarde que, por las elecciones hechas en esta vida, hemos hecho reservaciones en la morada del sufrimiento. El gran regalo de la inmortalidad no se da con liviandad. Parte de lo que significa ser creado a imagen de Dios es tener libre albedrío. Dios nos da la gracia necesaria para elegirlo a Él y a su camino, y si es deseamos ser trágicamente tontos también nos da la suficiente libertad de rechazarlo.

Dios es amor y ha creado seres capaces de amar. Sólo en libertad podemos hacerlo realmente, de modo que Dios asume el riesgo de hacernos libres para que tengamos la oportunidad de amarlo y amarnos entre nosotros, aprendiendo lo que significa entregarnos a su servicio y al de los demás. El paraíso es el lugar donde el amor alcanza su plena y eterna expresión, por lo que es además un lugar de alegría y paz. El infierno es el lugar del sufrimiento pues es la sede del odio, del egoísmo radical y del rechazo a todo lo santo y bueno. Utilizar la libertad para amar como Jesús nos amó y vivir para Dios nos conduce al paraíso, en tanto que usarla para servir nuestros propios deseos y rebelarnos contra Dios nos lleva a la esclavitud del infierno.

Repetidamente las Sagradas Escrituras nos convocan a vivir de tal manera que estemos bien preparados para la vida del mundo futuro. San Pablo nos llama a buscar las cosas del cielo, a poner nuestras mentes y corazones donde reina Jesús con su Padre, de modo que cuando Él venga en gloria, también nosotros seamos glorificados con Él. La Carta a los Colosenses 3 contiene consejos prácticos sobre qué hacer y qué no, si es que queremos alcanzar nuestro objetivo. Igualmente vemos esto en otros lugares: lo que no hacer (I Cor. 6, 9-10; I Tim. 1, 9-10) y lo que hacer (Rom. 12, 9-21); cómo no debemos ser (Gal. 5, 19-21) y cómo debemos ser (Gal. 5, 22-26). Todo esto con el propósito de alcanzar el reino de Dios, que es, en definitiva, lo único que importa.

La carta de Pablo a los Hebreos nos insta a tener mirada fija en Jesús (12, 1-2) e ir hacia Él — incluso hasta el extremo de sufrir por Él — porque Él ha sufrido y muerto para santificarnos a través de su propia sangre (13, 12-13). El siguiente versículo nos da la razón: "Porque aquí no tenemos ciudad permanente, sino que buscamos la futura" (13, 14). Y ¿cómo es ella? Es "otra mejor, es decir, la celestial" (11, 16). No se nos pide que creamos en el paraíso como si solo fuera una parte más parte de una información que debemos archivar conjuntamente con otras que conocemos o creemos. Se trata de una cuestión de gran practicidad, urgente y seria, porque el de aquí no es un sitio duradero. Vamos a morir, todas las cosas se descompondrán, hasta el mismo planeta que no durara para siempre. ¿Qué es lo que abandonamos frente con el hecho indiscutible de que nuestra "morada" — nuestra vida presente, nuestras posesiones, etc. — no duraran para siempre? Debemos creer en nuestra ultima "morada", la celestial, el último objetivo de nuestras vidas, la razón primera por la que Dios nos creo.

Pero creer en la vida del mundo futuro no es como tomar algún tipo de seguro de vida que garantizara nuestra salvación, mientras saciamos nuestras indulgencias carnales. Debemos vivir toda nuestra existencia con los ojos puestos en el cielo, y permitir que su realidad nos señale la forma en que debemos vivir en la tierra. Si vivimos para nuestra vida presente en vez de hacerlo para la futura, seremos consumidos por el egoísmo, ordenaremos nuestras vidas de acuerdo a nuestras ansias de confort o de ventajas personales — y huiremos de todo sacrificio, sufrimiento o abnegación por ser ellos perjudiciales para nuestra inmediata felicidad.

Se ha dicho que todos los creyentes quieren realmente ir al cielo — especialmente cuando tomamos en cuenta la alternativa. Pero, ese deseo general ¿se manifiesta en formas prácticas en nuestra vida diaria? Y el cielo ¿es tan importante para nosotros como para que estemos dispuestos a abandonar todo para alcanzarlo? ¿Cómo sabemos si estamos viviendo verdaderamente para el paraíso o para este mundo pasajero?

He aquí algunos puntos para tener en cuenta. Si estamos contrariados porque las cosas no van de acuerdo a nuestros gustos, es que estamos viviendo para el mundo y no para el cielo. Si nos mostramos contrariados, indignados y a la defensiva cuando alguien nos señala una falta — en vez de estar agradecidos por la oportunidad de arrepentirnos de ella antes de que nos alcance el juicio de Dios — es que estamos viviendo para el mundo y no para el cielo. Si rechazamos o nos quejamos por los sufrimientos, privaciones e, incluso por los ocasionales problemas de salud, rechazamos amoldarnos a los deseos ajenos, y si devolvemos mal por mal, si guardamos rencor o rehusamos perdonar, o si insistimos en imponer nuestras ideas u opiniones, es que vivimos para el mundo y no para el cielo.

¿Por qué es esto? Simplemente porque en la práctica — más allá de lo que podamos decir o pensar — lo que mostramos es que nuestro actual confort, autoestima, vindicación personal, u opciones de vida, son las cosas que más nos importan. Si no actuamos como si viviéramos para el cielo, entonces no estamos viviendo para el cielo. Pero si estamos viviendo para el cielo, todas estas cosas egoístas que pertenecen a esta vida pasajera carecerán de importancia para nosotros porque nuestra vista está fijada en Jesús y en el cumplimiento de sus promesas en nosotros. Estaremos igualmente de contentos si las cosas ocurren en esta vida tal como lo deseamos como si no. Porque este mundo no es nuestro hogar, no es nuestro destino. El cielo es nuestro hogar y destino, y si verdaderamente vivimos para él, no responderemos inapropiadamente a las irritaciones insignificantes de esta vida.

Tener nuestros ojos y corazones puestos en el cielo no significa no tomar con seriedad nuestras responsabilidades terrenales — ya que nuestra fidelidad y obediencia en la tierra decidirán si iremos o no al cielo — pero significa que no nos tomamos muy seriamente a nosotros mismos, que ante los demás no somos irritables y desconfiados, o nos ofendemos con facilidad. Las personas que van al cielo no actúan como si fuera de la mayor importancia triunfar en esta vida.

Muchas veces en su primera epístola, San Pedro describe a los cristianos como extranjeros, viajeros y exiliados en este mundo, que esperamos "poned toda vuestra esperanza en la gracia que se os traerá cuando parezca Jesucristo" (1, 13) — o sea, en la segunda venida. Eso cuando sea finalmente manifestado que este mundo no es la "ultima morada", y que las únicas "moradas" definitivas serán la celestial y la infernal.

Creed en la vida del mundo futuro. La vida presente es relativamente corta y frecuentemente está marcada por sufrimiento y dolor. Pero un día vendrá en que aquellos que creen en Dios y en su revelación, y han obedecido sus mandamientos entrarán para siempre en su maravillosa y gozosa presencia. Dios "habitará con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos, y les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá más; no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron" (Rev. 21, 3-4). Todo lo que maquilla esta vida presente, todo lo que nos inclina a adherirnos o a poner nuestra esperanza en ella, pronto se relacionará con "las primeras cosas que pasaron". No nos unamos a las cosas pasadas, sino más bien a las aún no vistas futuras, manteniendo nuestros ojos fijos en Jesús, poniendo nuestros corazones en el cielo, mientras esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.





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