¿BAUTISMO O NACIMIENTO?
¿Todos somos "Hijos de Dios"?

Noviembre del 2008Por F. Douglas Kneibert

F. Douglas Kneibert es un retirado editor de periódicos y protestante converso, desde 1999, al catolicismo. Escribe desde Sedalia, Missouri.

En un concierto en Roma en la primavera pasada, la cantante pop Madona, cuyas actuaciones han sido condenadas por el Vaticano por su contenido blasfemo y hasta satánico, dedicó su hit "Como una Virgen" al Papa Benedicto XVI. "Le dedico esta canción al Papa", le dijo la llamada reina del pop a una multitud de 60.000 fanáticos, "porque soy una hija de Dios. Todos uds. también lo son".

El dicho de Madona, sin duda una provocación, es sólo uno de los aparentemente interminables ejemplos de la inadecuada utilización de esta frase en nuestra cultura. La noción de que "todos somos hijos de Dios" es no sólo un producto del cristianismo liberal, sino que sorprendentemente ha aparecido pero con distinta significación en las homilías del clero ortodoxo, en las disquisiciones de los teólogos, y en libros y artículos tanto de la New Age como de editores de corriente común. Se la aplica de innumerables maneras.

La creencia de que por el simple hecho de haber nacido todos somos hijos de Dios suena maravillosa. Tiene la gran virtud de desconectarnos de nuestras creencias o acciones erróneas — ¿que Padre amoroso querría enviar a sus propios hijos al infierno (si es que lo hubiera)? Él ha dejado de ser el Dios de la alianza que nos exige ciertas cosas, para quedar reducido a un dulce papá que reparte sus dones en forma gratuita, venga uno, vengan todos.

El dicho ha estado en circulación durante tanto tiempo que, probablemente, la mayoría de los católicos piensa que debe ser un dogma. Pero decirlo no lo convierte en tal. Un examen de las sagradas escrituras y de la enseñanza de la iglesia muestra qué es lo que verdaderamente significa ser hijo de Dios.

La metáfora padre-hijo impregna el Nuevo Testamento, apuntando a una nueva relación entre Dios y el hombre, posible por la muerte redentora de Cristo, la que establece un puente sobre el espacio abismal que existe entre los pecadores y Dios. Nuestro estado natural de hijos de la carne no nos califica para ser hijos de Dios. En ningún lugar de la Biblia se dice que esta relación nos pertenece por el sólo hecho de llegar al mundo. De acuerdo a San Pablo, nacemos "hijos de la desobediencia" y "hijos de la ira", con la propensión al pecado (Ef. 2,2-3). La iglesia llama a esto "concupiscencia", la herencia del pecado original en cada hombre. Si persistimos en grave pecado y rechazamos la misericordia de Dios en Jesucristo, nuestro "Padre" se transforma incluso en un ordenancista cruel, como Jesús les dijo a los judíos descreídos: "Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais a Mí, porque Yo salí y vine de Dios.... Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre" (Jn. 8, 42-44).

Debe haber un cambio radical para vencer esta inclinación a resistir a Dios. Hablando a sus compañeros judíos, San Pablo decía que "No los hijos de la carne son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa..." (Rom. 9, 8).

La "promesa" a la que se refiere San Pablo está contenida en la Antigua Alianza que Dios hace con los israelitas a través de Abraham. Ella es cumplida en Jesucristo. La centralidad de Jesús en relación de nuestra adopción como hijos de Dios fue claramente enunciada por San Juan: "Pero a todos los que lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre. Los cuales no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios" (Jn. 1, 12-13).

Aquí el verbo determinante es "llegar". El ser hijos de Dios no constituye un derecho de nacimiento sino una relación filial con el Señor, a la que podemos acceder espiritualmente — a condición de que cumplamos con los requerimientos de Jesús. San Juan hacía la misma puntualización en su primera carta: "Mirad que amor nos ha mostrado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Y los somos... Ya somos hijos de Dios... (Jn. 3, 1-2). Prestemos atención a la palabra "ya": No éramos hijos de Dios antes, pero lo somos ahora. La creencia en Jesús es lo que hace la diferencia.

San Pablo describe cómo los judíos, previamente "sometido a la ley", se hacen hijos de Dios: "Por cuanto todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo estáis vestidos de Cristo" (Gal. 3, 26-27).

Para comprender nuestra capacidad de convertirnos en hijos de Dios, debemos indagar profundamente sobre el significado de la alianza. A partir de Abraham, Dios convocó a un pueblo específico y se relacionó con él a través de su alianza. Como en un contrato legal, la alianza con Dios se basa en las mutuas responsabilidades de las partes. Si el hombre se ajusta a los requerimientos de Dios, Él promete responderle con distintas formas de bendiciones a su pueblo. Bajo la Antigua Alianza, los varones judíos entraban a esta relación por medio de dos ritos: la circuncisión y su dedicación a Dios. Ellos conservaban la alianza adhiriéndose a las exigencias de la ley.

De manera similar opera la Nueva Alianza. Así como los padres de un niño judío muestran la fe mediante el cumplimiento de estos ritos, así hacen los progenitores cristianos al presentar sus hijos para ser bautizados, lo que es la contraparte del Nuevo Testamento a la circuncisión, con el agregada dimensión de ser sacramental (cf. Col. 2, 11-12).

Fe y bautismo son, para los hijos adoptivos, el portal de entrada a la familia de Dios. Frente al grito de guerra de la Reforma Protestante de la "justificación sólo por la fe", el Concilio de Trento reafirmó la necesidad del bautismo para la creación de hijos de Dios; "La adopción de hijos de Dios...no puede efectuarse sin el lavabo de la regeneración...sin que el hombre nazca nuevamente por el agua y el Espíritu Santo...".

Habiendo participado de lo divino por esta vía, se nos requiere entonces vivir esta nueva relación de la manera que plazca a Dios. Para los católicos, la iglesia y los sacramentos por ella dispensa son centrales para este proceso.

El nuevo hallazgo de esta filiación significa una maravillosa y milagrosa transformación. Como lo declaró San Pablo, "En todo tiempo llamamos: ‘¡Abba! ¡Padre!’ El mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos. Nuestra será la herencia de Dios, y la compartiremos con Cristo; pues si ahora sufrimos con él, con él recibiremos la gloria" (Rom. 8, 16-17).

San Pablo liga nuestra herencia directamente con nuestra condición de hijos de Dios, pero sólo los hijos e hijas legítimas pueden ser herederos de las riquezas del Padre. Nada, en nuestro nacimiento, nos califica para un tan grande honor.

Si bien todos somos criaturas de Dios, hechos a su imagen y semejanza, no todos somos hijos de Dios, no obstante que muchos parecen igualar a ambos. Eso fue verdad para nuestros primeros padres, pero todo lo cambió la Caída. En tanto Adán y Eva gozaron de una total comunión con Dios y fueron destinados a una vida eterna aquí en la tierra, su pecado corrompió su inocencia y cortó esa relación.

De ahí, la necesidad de nacer nuevamente, como Jesús dijo a Nicodemus, lo que es provisto por el bautismo (y la fe que él sustenta). Como lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: "El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único. Pueda ya decir la oración ce los hijos de Dios: el Padre Nuestro". (nº 1243).

Decir que todos son hijos de Dios sin ninguna obligación de su parte niega el único trabajo salvífico de Jesús, hace innecesaria la fe, y considera sin valor a su expiatoria muerte. Además, si cada uno de nosotros es automáticamente hijo de Dios, desvaloriza el mandato evangélico y misional de la iglesia, haciendo innecesaria la conversión de los no creyentes.

En Lumen Gentium, el Vaticano II reiteró la centralidad de Cristo como cabeza del "nuevo pueblo de Dios": "Tiene por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo". Y ¿quiénes son este pueblo privilegiado? Son "los que creen en Cristo y son renacidos...por el agua y el Espíritu Santo..." (nº 9). En tanto no poseamos esa condición desde el momento de nuestro nacimiento, estamos no obstante dotados con un único valor, que es la base de todo que seamos capaces de convertirnos en Cristo. Como el Catecismo lo afirma: "El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios.... La dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios" (nº 27).

Se puede ver claramente a través de las Sagradas Escrituras y de la enseñanza de la iglesia que nuestra condición como hijos de Dios no es gratuita — ha sido ganada a un gran costo por el sufrimiento y la muerte de Cristo. Por lo tanto, no puede ser considerada con ligereza, como conferida a toda la raza humana.

¿Pero que ocurre con aquellos que nunca han oído del Evangelio o no han sido bautizados? En Ad Gentes, el Vaticano II acepta que la gracia salvífica de Dios puede ser concedida a los no cristianos "en modos conocidos por Él". No obstante, la declaración Dominus Iesus, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2000 con la aprobación del Papa Juan Pablo II, afirma que en tanto eso puede ser verdad, los creyentes en religiones no cristianas "están en una grave y deficiente situación" comparada con los católicos romanos.

El bautismo en Cristo siempre ha sido, y será, el medio ordinario para hacerse hijo de Dios. Como quiera que sea, el Catecismo señala que "Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos". (nº1257)

¿Es posible perder esta maravillosa relación filial con Dios, que tanto nos justifica como santifica y a la que hemos sido incorporados por adopción? La teología protestante diría que no, citando la creencia que "salvado una vez, salvado siempre". Pero la iglesia católica discrepa en este punto. En resumen, importa cómo vivimos.

No hay un pasaje más sobrio en el Catecismo que el parágrafo 846, que citando a Lumen Gentium dice: "Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella".

Lo mismo apunta San Pedro: "Porque si los que se desligaron de las contaminaciones del mundo desde que conocieron al Señor y Salvador Jesucristo se dejan de nueva enredar en ellas y son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Mejor les fuera no haber conocido en camino de la justicia que renegar, después de conocerlo, el santo mandato que les fue transmitido" (2 Pedro 2, 20-21).

Al rezar por nuestros hijos adultos, por amigos y conocidos que se han apartado de la Iglesia Católica, nuestro ánimo debería estar dominado por esta severa advertencia. No obstante que el "conocer" es una condición crucial para la aplicación de estas admoniciones, la asunción de que ellos poseyeron una vez ese conocimiento puede ser un impulso poderoso para la efectividad de una oración intercesora.

¿Qué puede hacerse para recapturar el significado original y verdadero de lo que es la filiación con Dios, que está en el corazón de la economía de la salvación? Mejor catequesis general — en las escuelas y universidades católicas, en los seminarios y en la educación de adultos — puede ciertamente ayudar. Cursos individuales o grupales de la Biblia deben asegurar que este punto está correctamente encarado. También puede servir una apropiada corrección por parte de Roma, como la proporcionada por Dominus Iesus.

Ser un hijo de Dios todopoderoso es un privilegio de incomparable valor, mucho más importante que cualquier otra cosa que logremos en esta vida. Porque si permanecemos en esa relación con Dios, tenemos asegurado un lugar de honor en la próxima vida. Por lo tanto, es necesario que el modo de entrar en ella, sea completamente comprendido, para que los hombres no sean engañados por una noción defectuosa del parentesco divino, por la cual no aguarda ninguna herencia valiosa.





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