¿A QUIEN CREERLE?
El debate sobre las vacunas

Noviembre del 2006By Agnes N. Penny

Agnes M. Penny es madre de cinco hijos y autora de Your Labor of Love: A Spiritual Companion for Expectant Mothers y de Your Vocation of Love: A Spiritual Companion for Catholic Mothers, ambos publicados por TAN Books.

Hace un par de años, tuve la temeridad de escribirle una carta al Papa. Me senté con lapicera y papel y le plantee a su santidad una duda. Normalmente, consideraría en extremo audaz un proceder de ese tipo, pero yo tenía un problema que me apremiaba y necesitaba una respuesta.

A primera vista mi problema era bastante simple, pero yo había descubierto dificultades profundas que me tenían confundida. Ellas estaban relacionadas con ciertas vacunas para niños exigidas en los Estados Unidos, que estaban manufacturadas con células madres (estémicas) de niños abortados, comprendidas las de la gripe aviar, hepatitis A, rubéola (sarampión alemán), paperas y polio. Por supuesto, en un principio pensé que era inmoral tener vacunado a nuestros niños con vacunas contaminadas ¡a través de la muerte de otro niño! (En el presente artículo se aplica esta denominación a las vacunas fabricadas con células madres o estéticas.) Pero entonces un amigo me alcanzó algunos artículos distribuidos en el año 2000 por el Centro Nacional Católico de Bioética que afirmaban que, dado que las células madres procedían de abortos realizados hacía mucho tiempo y no de los producidos recientemente, uno no cometía ningún pecado utilizando estas vacunas contaminadas. Los artículos ahondaban profundamente en el asunto, argumentando los pros y los contras del uso contra enfermedades contagiosas de estas vacunas contaminadas. Pero la opinión dominante de los autores era que su uso no constituía una participación directa en el pecado del aborto y era, por tanto, un acto moralmente lícito. Sólo fue dejado sin respuesta un argumento contrario a su uso: un autor afirmaba que, era probable que, al permitir los padres que sus hijos fueran inoculados con vacunas contaminadas, estimularían a los científicos a continuar, en futuros experimentos y vacunas, con la utilización de células madres de niños abortados pues ellos no escucharían objeciones a su utilización. Este último argumento me planteó un dilema. ¿Era correcto que arriesgara la salud de mis hijos con una objeción moral tan débil? Diferente hubiera sido si la que estaba en riesgo era mi salud, pero se trataba de la de mis hijos. De modo que le escribí una carta al Papa.

Unos meses después recibí una respuesta, una carta procedente del Vaticano agradeciendo mi preocupación y prometiéndome derivarla a la Pontificia Academia por la Vida. Bien. Fue gratificante. Pero yo acababa de dar a luz a mi tercer hijo y ¡todavía no sabía si vacunarlo era correcto o no!

Conocía otras familias católicas que resolvieron el problema acudiendo, cuando era posible, por alternativas no contaminadas y utilizando las vacunas contaminadas cuando no había alternativas, como las de la gripe aviar, hepatitis A y rubéola. Admiré a esas familias; en definitiva ellas estaban enviando a los fabricantes el mensaje de que esas vacunas eran inaceptables. Pero su solución no me satisfacía; algo parecía ilógico a mi forma de pensar. Si era correcto usar vacunas contaminadas ¿por qué buscar alternativas? Y si no lo era ¿cómo podríamos usarlas cuando no había alternativas disponibles?

Fue por ese tiempo que tropecé con otro debate acerca de las vacunas -- no sobre su moralidad sino sobre su seguridad médica. Me asombraba escuchar afirmar a los opositores a las vacunas que las enfermedades supuestamente erradicadas por su medio ya estaban en declinación antes de que sus vacunas existieran, debido al mejoramiento de las condiciones sanitarias; más aún, afirmaban que el promedio en la desaparición de las enfermedades fue similar incluso en países en donde no se las utilizaba en forma extensiva. Los críticos a las vacunas también decían que no solo eran inefectivas (un alto porcentaje de los que recientemente habían cogido las enfermedades en cuestión habían sido inmunizados contra ellas) sino que eran realmente peligrosas. Citando varios estudios científicos, relacionaban su uso con todo, desde el SMSI (Síndrome de la Muerte Súbita Infantil) al autismo y la leucemia. Especialmente, se quejaban de la falta de comprobaciones sobre los efectos a largo plazo de las vacunas, como asimismo sobre las políticas éticas de las compañías que las manufacturan, que no eran controladas sino por sí mismas, y por sus más que inadecuados procedimientos de comprobaciones. Por ultimo, protestaban por la administración simultánea de muchas vacunas y cuestionaban el peligro de utilizar vacunas con efectos colaterales tan riesgosos para la prevención de enfermedades que han casi desaparecido totalmente de esta parte del mundo. Todos esos argumentos me condujeron a reconsiderar mi opinión sobre las vacunas y a cuestionar, por ejemplo, por qué mi diminuto bebé de dos meses necesitaba ser vacunado contra la hepatitis B, una enfermedad de transmisión sexual. Más aún ¿Por qué mi nueva bebé, de sólo unas horas de existencia, tiene sus ojos empapados con antibiótico por si contrae gonorrea como consecuencia de mi trabajo de parto -- otra enfermedad de transmisión sexual sobre la que no tengo razón para pensar que soy portadora? Seguramente esto parecía un exceso. ¿Pero dónde debería trazar el límite? ¿Son creíbles todos los reclamos de los críticos a las vacunas?

Por supuesto, los partidarios de las vacunas responden que no. Citando sus propios estudios y estadísticas, argumentan que estar vacunado es menos riesgoso que no estarlo. Sí, la mayoría de las enfermedades prevenidas por vacunación han sido borradas de esta parte del mundo, pero la llegada a este país de gran número de inmigrantes ilegales podría traer la reaparición de muchas dolencias que una vez fueron erradicadas. Es cierto, las vacunas no son 100 por ciento efectivas, sino un 90 por ciento, afirman los partidarios de ellas. La causa de que un alto porcentaje de aquellos que todavía sufren esas enfermedades están vacunados es que en este país casi todos han sido vacunados, de modo que el 10 por ciento cuyas vacunaciones no fueron efectivas parece mayor de lo que realmente es. En cuanto a los efectos colaterales, argumentan, solo afectan a un minúsculo porcentaje de niños vacunados, muy por debajo del porcentaje de niños que hubieran cogido las enfermedades prevenidas por las vacunas. Y la supuesta relación con el SMSI es sólo una mera coincidencia, dado que muchos de los niños que mueren por su causa son de entre dos y cuatro meses, que es la edad en la que son administradas muchas vacunas, de modo que muchas de las víctimas del SMSI acaban de ser vacunados. No obstante, afirman, no hay prueba alguna de conexión entre los dos. Y la discusión continúa.

Estos argumentos, moral y médica, volvieron a mi mente vacilante. Apenas sabía qué hacer. ¿Qué era falso y qué verdadero? No me sentía a gusto utilizando vacunas hechas con células madres de un niño abortado, pero muchas fuentes católicas que había encontrado parecían pensar que el uso de dichas vacunas no constituye una cooperación formal y no sería pecaminosa. Sobre la cuestión médica, los dos lados tenían buenos argumentos, mucho más pormenorizados que lo que puedo manifestar aquí, y ambos producían estadísticas convincentes para probar sus puntos de vista. ¿Qué debía hacer?

Hace muy poco, aprendí algo que cambió enteramente el debate. Me enteré que el argumento de que "las vacunas contaminadas utilizan células madres de abortos realizados hace mucho tiempo, de modo que la participación es remota y no inmoral" es un mito. Alguien me llamó la atención sobre el hecho que la hilera de células tomadas de un bebé abortado no dura para siempre. En algún punto, se producirá su caducidad y los científicos tendrán que usar células madres de bebés más recientemente abortados. ¿No modifica esto significativamente el grado de cooperación con este mal? ¿Y por qué, me sorprendía, no había voces católicas en el foro público denunciando el uso de células madres de niños abortados para la producción de estas estipuladas vacunas para infantes?

Entonces, en junio del 2005, la Academia Pontificia para la Vida (PAV) emitió un documento en respuesta a la carta de la Sra. Debra Vinnedge, directora ejecutiva de los Niños de Dios para la Vida. La Sra. Vinnedge había solicitado del Vaticano un pronunciamiento sobre la moralidad del uso de vacunas contaminadas en atención a los padres que habían rechazado dichas vacunas, invocando la excepción religiosa, y que necesitaban probar en sede judicial que su uso realmente violaba sus creencias religiosas. La carta emitida por la PAV, titulada "Moral Reflections on Vaccines Prepared from Stem Cells Derived from Aborted Human Fetuses", condena la producción de vacunas contaminadas, situando sin titubeos la culpa sobre los hombros de los fabricantes de vacunas y haciendo un llamado para la producción de alternativas morales, a fin de que los padres no se sientan obligados a elegir entre vacunas inmorales y la salud de sus hijos. Además, la carta afirma que los padres tienen el derecho moral a usar vacunas alternativas cuando están disponibles.

Sin embargo, a partir de ese punto, el documento da un interesante giro. Si no hay disponibles vacunas no contaminadas, los padres pueden usar las contaminadas si los niños, o la población en general, están expuestos a "significativos riesgos en su salud". Tal uso debería ser considerado "mediato, remoto, pasivo, de ayuda material" en el mal del aborto, y no es moralmente obligatorio evitar la colaboración pasiva y material, en casos de "grave inconveniencia". El documento parece realmente animar a los padres a procurar las vacunas contaminadas que carecen de alternativas, especialmente en el caso de la de la rubéola, cuya necesidad el documento explora extensamente. La rubéola, o sarampión alemán, plantea una preocupación particular para la PAV porque es una enfermedad inofensiva, excepto cuando es contraída por mujeres embarazadas, cuyos niños por nacer pueden desarrollar el síndrome congénito de la rubéola, del que pueden resultar aborto, sordera, ceguera o retardo mental. De hecho, en un asombrosa afirmación oculta en la última nota al pie, la PAV realmente afirma que los padres que niegan a sus hijos la vacuna de la rubéola asumen la total responsabilidad si sus hijos infectan a una madre embarazada y si ella, descubriendo en su hijo la anormalidad resultante, elige abortar a su hijo: "los padres que no aceptan la vacunación de sus propios hijos se vuelven responsables de las malformaciones en cuestión, y del subsecuente aborto del feto, una vez descubierta la malformación de éste". De repente, en esta retorcida teología moral, ¡los padres que rechazan las vacunas contaminadas ya no son más los héroes del movimiento pro vida sino los villanos responsables por el aborto de bebés con defectos de nacimiento! Uno se sorprende de la posibilidad de que este documento pueda servir a su propósito original, de brindar pruebas de excepciones religiosas para el uso de vacunas contaminadas; si ese fue ciertamente el propósito al redactarlo, entonces ese objetivo fue completamente frustrado por su contenido real, la Sra. Vinnedge debe estar lamentándose del día que lo solicitó.

El documento reconoce que el uso de esas vacunas contribuye a un "consenso social generalizado" favorable a la producción inmoral de las mismas. Así, con el fin de evitar el escándalo y detener la práctica con fines médicos del uso de células madres procedentes de niños abortados, deposita sobre los médicos y los padres el peso de la responsabilidad de protestar por la inmoral producción de estas vacunas, "escribiendo a las diferentes asociaciones, a los medios masivos, etc.". Es interesante que no se haga mención de todas las escuelas católicas de este país que exigen a los estudiantes haber recibido las vacunas contaminadas antes de la admisión -- una inmensa red de instituciones que podrían ser utilizadas para hacer una fuerte guerra, tanto contra la legislación que impone vacunas contaminadas, como contra las compañías farmacéuticas que las manufacturan. En cambio, la responsabilidad recae sobre los padres, quienes no cuentan con una red poderosa para utilizar, sino sólo con la pobre e insignificante herramienta de escribir cartas de protesta a las codiciosas y corrompidas compañías farmacéuticas a las que les importará un bledo pues sólo responden a una lengua: la de mamón.

Más aún, la única arma efectiva que tienen los padres frente a este formidable enemigo es el derecho al boicot -- a rechazar las vacunas contaminadas -- derecho que este documento les quita al instarlos a utilizar las vacunas contaminadas cuando es necesario, pues ningún padre puede esgrimir este documento ante un juez en una corte, para probar que su religión le prohíbe el uso de vacunas contaminadas. Por lo tanto, este escrito despoja a los padres de la única arma real con que cuentan y por la cual podrían persuadir a las compañías farmacéuticas de fabricar vacunas éticas.

Casi parecería como si el documento de la Pontificia Academia por la Vida tomara más en serio la salud física del hombre que su bien espiritual. Después de todo, la cuestión de las vacunas contaminadas no es un problema aislado en un mundo de médicos y científicos moralmente probos. Por el contrario, el mundo médico y científico aletea al borde de un moderno faustonianismo, en el cual los científicos se han vuelto nuestros dioses, que determinan en sus laboratorios el comienzo y finalización de la vida. En vez de tratar de justificar una coexistencia más o menos pacífica con este mal, necesitamos tomar las armas. Debemos combatir esta cultura de la muerte con todas las armas que podamos reunir, para forzar a los arquitectos de este terror a que se den cuenta que no somos una nación de indiferentes e ignorantes morales y que no los permitiremos pisotear nuestros más básicos valores sin una feroz lucha.

Por supuesto, esto evita, en primer término, la cuestión de cuándo las vacunas son médicamente seguras. Sobre este asunto, los dos lados en el debate presentan argumentos poderosos, basados en numerosos estudios, y ninguno parece saberlo con seguridad. Los partidarios de las vacunas insisten que son seguras, no obstante los errores que se han cometido con ellas en el pasado (algunas han sido misteriosamente retiradas del mercado luego de años de difundido uso). Admiten que los facultativos médicos no han informado sobre los riesgosos efectos colaterales. Saben que en la producción de vacunas se utilizan muchas toxinas peligrosas; hace solamente pocos años que fue quitado el mercurio de muchas de ellas, pero todavía se utiliza en la vacuna contra la gripe aviar, no obstante el hecho que él ha sido relacionado con el autismo en aquellos que están genéticamente predispuesto a problemas neurológicos. Más aún, no responden a preguntas cruciales: ¿Por qué no se han investigado los efectos a largo plazo de las vacunas? ¿Por qué las compañías farmacéuticas no son más estrictamente controladas en sus procedimientos de testeo? ¿Por qué no se da a los padres la oportunidad de decidir por ellos mismos cuándo sus hijos deben recibir vacunas que han dado lugar a acalorados debates públicos -- como también a un número de demandas entabladas por padres angustiados que han sido testigos de los graves y a veces fatales efectos neurológicos provocados por ellas en sus hijos?

No es siempre fácil descubrir la verdad -- cuando la cuestión sea prudencia moral o paternal. Sin embargo, en la cultura de la muerte en la que vivimos, necesitamos estar muy dispuestos a tomar una postura, a cuestionar el status quo, a encabezar la causa de la vida. Debemos rechazar la sabiduría del mundo, la salida fácil y buscar el sendero estrecho, porque este es el camino que nuestro Redentor caminó antes que nosotros, hacia el monte del Calvario.

DOSSIER: Pro-Life Issues & the Culture of Death





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