EXCUSAS DÉBILES
Las desaparecidas campanillas litúrgicas

July-August 2004By Donald D. Hook

Donald D. Hook es profesor emérito en el Trinity College de Hartford, Connecticut, y autor de Clerical Failure: Ten Stupid Things Clergy Do to Mess Up Your Church (2004).

En un domingo de mediados de septiembre del 2003, las campanillas litúrgicas de nuestra iglesia fueron repentinamente silenciadas. Quedaron sobre el escalón del altar. El acólito primeramente se sentó y luego se arrodilló quedamente cerca de las campanillas pero no se preocupó en hacerlas sonar en la consagración. Inicialmente, mi mujer y yo pensamos que era pura casualidad; después de todo, siempre tuvimos campanillas santas en esta iglesia. Quizás este acólito era nuevo y no sabía. No obstante, cuando el domingo siguiente las campanas estuvieron físicamente ausentes, supimos que algo había ocurrido.

Lo captamos inmediatamente. Desde la primavera anterior teníamos un nuevo pastor. Sabiendo que, por alguna razón desconocida, es siempre necesario para un pastor nuevo hacer lo más rápido posible tantos cambios como pueda, atribuimos a él la pérdida de las campanillas. Pero no parecía del tipo "progresista".

Escribí una carta al pastor, la que fue solícitamente ignorada durante semanas. El obispo, que había recibido una copia, también me ignoró. Pero cuando le escribí al canciller, el pastor contestó de mala gana. Probablemente no le gustó mi puntualización de que en la página 111, párrafo 113, de Ceremonies of the Modern Roman Rite de Mons. Peter J. Elliot se afirma que las campanillas litúrgicas están autorizadas desde hace mucho tiempo, con una nota al pie referida al "General Instruction of the Roman Misal" (GIRM). El (nuevo y aumentado) GIRM, en el párrafo 150, dice que "una poco antes de la consagración, cuando sea apropiado, el acólito hace un toque de una campanilla como una señal a los fieles". Dice, además, como también lo hace un informe de un comité de los obispos norteamericanos, que la campanilla debe ser tocada al menos en ambas elevaciones. Esta es una prolongada costumbre en nuestra iglesia.

Con no tocar las campanillas no sólo falta una importante señal litúrgica para los fieles -- tanto católicos como visitantes -- de la inminencia de la consagración, sino la significación teológica de la consagración es disminuida, ocultada, casi destruida.

Permítaseme dar un ejemplo alarmante de las ideas del pastor de una ex iglesia de nuestra vecindad. Cuando preguntado, poco tiempo después de asumir la parroquia, por qué se había deshecho de las campanillas, me contestó rápidamente: "Cuando se las haga sonar en mi homilía, entonces lo podrán hacer en la consagración. Después de todo, nada especial ocurre en la consagración". Abandonamos esa iglesia. Si el clero no cree lo que su iglesia proclama, surgen muchas dudas inquietantes.

En su tardía respuesta a nosotros, nuestro actual pastor proclamó que su remoción de las campanas litúrgicas, era para "trasladarnos al siglo XXI". Pero yo no soy partidario de ser arrastrado al siglo XXI si eso significa más quitas a la fe católica. ¿Qué es lo próximo? ¿También serán destruidos nuestros reclinatorios? ¿Tendremos que estar de pie durante toda la Misa? ¿Desaparecerán nuestras imágenes? ¿Será cambiado de lugar el Santísimo Sacramento? (Este mismo sujeto, en su anterior parroquia, sacó el crucifijo y relegó a la sacristía el Sacramento Reservado).

Nuestro pastor además afirmó que las campanillas constituían para él un "ruido extraño" al momento de la consagración y que sin ellas podía echar una mirada a la gente y ver que estaban "rezando junto" con él. A llamar a las campanas "ruido extraño", especialmente cuando actualmente hay en los servicios de cualquier iglesia abundancia de ruidos molestos -- bebés gritando todo el tiempo y teléfonos celulares sonando en el momento de la consagración -- es, en el mejor de los casos, raro, en el peor de los casos, iconoclasta. Respeto a "rezar junto" con él, eso no constituye el objeto real del acto de la consagración, aún cuando tal vez el celebrante pudiera percibir tal cosa.

En una ocasión, el rector de la Basílica del santuario nacional de la inmaculada concepción en Washington, D.C., me escribió que había suprimido las campanillas litúrgicas porque no podían ser escuchadas. Encontré eso muy extraño porque yo las he escuchado incluso en iglesias aún más grandes, en Europa. Luego afirmó -- en realidad, presumió -- que, de todos modos, cada uno sabía lo que el celebrante estaba haciendo en el altar y no era necesario aclararlo. Encontré eso incluso extraño dado que, en cualquier domingo, la visita de no católicos en la basílica nacional supera probablemente a la de los católicos que asisten regularmente.

Hay un motivo ulterior que apunta a esto. Lo que está siendo claro es que la gente moderna se siente incómoda con cualquier distinción entre lo sagrado y lo secular y que nuestros modernos liturgistas quieren ponerse a tono. Piensan que con sólo anular esas distinciones todo se volverá sagrado. Por supuesto si todas las cosas son sagradas nada es de veras sagrado. Si la palabra "sagrado" no puede ser contrapuesta a nada, ella pierde toda significación.

Es importante que el momento de la consagración sea enfatizado. Justamente, una de las formas de hacerlo, es empleando las campanillas. La expresión religiosa católica comprende todos los sentidos, incluso el escuchar. No somos protestantes o cristianos simplotes; somos católicos llamados a la plenitud de la expresión religiosa.

El tema de las campanas litúrgicas no es menor. Incluso si lo fuera, es parte de una concatenación que incluye, entre otras cosas, el creciente abandono del incienso y la adoración Eucarística, el escaso uso del agua bendita, el incumplimiento por parte del celebrante de besar el altar, poca genuflexión, falta de birretas (signo de dignidad y sabiduría) y capas (¿un no querido signo de autoridad?) y los diversos atentados a la arquitectura de iglesia, transformando a muchas iglesias en no otra cosa que "espacios de culto" parecidos a estaciones de autobús.

Una iglesia en el estado de Virginia, que visitamos hace algunos años, era tan absolutamente árida que salimos nuevamente para leer el cartel que estaba afuera: no pensamos que estábamos en una iglesia católica. Absolutamente nada de lo que había en el edificio podía ser reconocido como católico. Entonces vimos en el vestíbulo a un franciscano que venía hacia nosotros. Este mismo hombre era el celebrante de la próxima Misa. Ajá, pensamos, entonces esta es, después de todo, una iglesia católica. Pero justo antes de la comunión escuchamos horrorizados que invitaba a "todos aquellos que quisieran beber un sorbo del copón a subir al altar en el momento de la comunión." Era un "sírvase Ud. mismo", como en las estaciones de gasolina. Por supuesto, muchos fueron. Yo, por una curiosidad morbosa, fui uno de ellos. Justo adelante mío había una niña que era demasiado pequeña como para llegar fácilmente al cáliz sobre el altar. Derramó unas dos onzas de la Preciosa Sangre sobre el altar y el purificador y después se retiró. Por cierto, no había campanillas -- pero sonaba una multitud de teléfonos celulares. Esta era una de esas iglesias redondas donde los bancos están situados en forma de un semicírculo. Aparentemente, el pobre sacerdote no podía imaginarse desde donde debía hablar, de modo que tuvo que andar dando vueltas, como un animador. Muy desconcertante.

¿Qué son exactamente las campanillas litúrgicas? A veces son llamadas campanas de altar, campanas sacras (la mejor denominación) e incluso las campanas de Nuestro Padre. La primera noticia sobre el uso de campanas de cualquier tipo, fue el año 400 cuando, se cree, el obispo Paulino de Nola las utilizó en Italia para llamar a los monjes a la oración. Su utilización en el culto comenzó tan temprano como en el siglo VI en Europa. Hacia el siglo XIII, el acto central y público de la elevación de la Eucaristía fue la elevación de las Especies con el acompañamiento de campanas, para llamar la atención del público. En esa época, muchas personas no comulgaban más que una vez al año pero podían, al menos, contemplar a las Especies consagradas. En algunas iglesias, la campana o campanas eran utilizadas durante el Padre Nuestro, costumbre que se conserva en nuestros días en algunas iglesias luteranas, como una especie de transición hacia el punto culminante de su servicio, usualmente el sermón.

Al comienzo, era costumbre hacer sonar la campana del campanario un total de siete veces, una al comienzo de la consagración, tres a la consagración de la Hostia, luego tres en la del cáliz. Nosotros acostumbrábamos ir a dos iglesias del área de Hartford, Connecticut, las que, en la consagración, tocaban simultáneamente la campana del campanario y las campanillas litúrgicas. Eso fue hace muchos años.

Durante mucho tiempo, las campanas tuvieron la función práctica de marcar el transcurrir del tiempo, en la época anterior a que la gente tuviera relojes. Un indicio lingüístico del uso de la campana como una recurso de marcar el tiempo se ve, por ejemplo, en la etimología referida a la palabra inglesa clock, pero significaba "campana": en alemán Glocke, en holandés klok, en francés cloche. Las campanas son muy antiguas y aparecen representadas en tablas de piedra del siglo IV a.C. En China están en escritos y otros testimonios incluso antes. Mas tarde, incluso en nuestros días, fueron usadas para alertar sobre un peligro inminente o para llamar a alguien. Las campanas expresan justamente cada exigencia y estado anímico. Son alegres, lúgubres, prácticas, ceremoniales. Se las hace de metal, madera, vidrio, porcelana. Para uso en santuarios, puede ser una campana de badajo o un racimo de ellas, un gong, una serie de notas en el órgano, o, más frecuentemente, un conjunto de cuatro campanillas, todas del mismo tamaño, que suenan cromáticamente, cada una con su propio badajo, sobre las cuales hay una manija que sirve para agitarlas, provocando un maravilloso, inusual y evocativo sonido religioso. (Los primitivos fundadores de la iglesia celta en Gran Bretaña, llevaron consigo campanas de cuatro lados, similares a las que lleva al ganado vacuno en Austria).

Debido a la creciente escasez, hoy día y en todos lados, de campanas, excepto la de los omnipresentes teléfonos, ¿debemos concluir que ellas no son ya más necesarias? A veces, el clero a la moda arguye que al dar la cara al público muestran con claridad a la feligresía lo que ocurre en el altar -- quitando todo misterio. Agregan que las palabras de la consagración pueden ser escuchadas en lengua vernácula -- tampoco hay misterio aquí. Algunos dicen que Dios es conjurado, en el mejor de los casos, en cualquier lugar: en las Especies, en la palabra, en la homilía, en la gente, en el tejido de la alfombra. ¡Guau! ¡Algo mágico! De modo, les oímos decir, que ¿por qué el momento de la consagración exige una especial atención con campanas?

Pero la comunión no es una comida ordinaria. Es una con misterio, la comunión mística con el propio Cristo. Cuando tocamos las campanas, anunciamos la llegada del supremo sacerdote Jesús. Meditemos en el Éxodo 28,33-35: "Alrededor de todo su borde inferior pondrás granadas de jacintos, púrpura escarlata y carmesí y en medio de ellas todo en torno campanillas de oro. A una campanilla de oro y una granada siga otra campanilla de oro y otra granada, todo alrededor del borde inferior de la sobretúnica. Aarón la llevará en el ejercicio de su ministerio, para que se oiga su sonido cuando entre en el Santuario ante Yahvé y cuando salga; y así no morirá". (Ver también Éxodo 39,25-27)

Recordemos la pintura del siglo XIX de Millet "El Angelus". Muestra a un hombre y una mujer de pie sobre un terreno y detrás, en la lejanía, una iglesia con campanario. El hombre ha clavado su horquilla en el suelo, detrás de sí, y toma en sus manos con reverencia, su sombrero. La mujer tiene sus manos juntas, en oración, a sus pies una canasta de papas y a la derecha una carretilla de bolsas vacías. Casi puede escuchar a la distancia las campanas del campanario. En esos días, el mensaje de Cristo cruzaba los campos e inspiraba al pueblo común a reconocer quién es el Señor.

En la iglesia estamos más cerca de lo que ocurre, pero actualmente no lo saben ni el sacerdote ni la gente porque, a diferencia de los simples campesinos de Millet, no pueden escuchar el sonar de las campanas.





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Un poco largo el artículo. Pero estoy de acuerdo; ninguna prohibición hay en la reforma litútgica sobre el uso de la campanilla; es capricho de muchos curas. También los Obispos se saltan a capricho ciertas normas litúrgicas. Ayer en la misa del Pilar el Obispo abandonó el altar para dar la paz a autoridades y niñas ataviadas. La reforma del concilio no se ha enseñado, se ha quedado al interés de cada uno. Posted by: Francisco
October 13, 2012 04:58 AM EDT
Esto sucede también en mi parroquia de México , de todos los curas que han pasado por ella todos a excepción del último has postulado como respuesta que Vaticano II ha suprimido tal cosa (las Campanillas) con alguna u otra argumentación, pero al buscar donde pueda decir tal cosa no he encontrado mas que aquello que dice que debe de promoverse los actos que fortifiquen y ayuden en la piedad y fervor popular, que ha mi entender contradice el quitar las Campanillas Litúrgicas y La campana Mayor. Pregunto ¿Estoy entendiendo mal las cosas o sera que ni los Obispos y los Sacerdotes han leido los documentos del Concilio?. Posted by: Roger Hide
January 22, 2013 10:28 AM EST
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