El único estado que exige nuestra lealtad total es el estado de gracia
¿Es la inmigración pro vida?

Junio del 2007By Kenneth G. Davis

El Rev. Kenneth G. Davis, franciscano conventual y ex misionero en América Central, enseña en el departamento de estudios pastorales de la Escuela de Teología de St. Meinrad, en St. Meinrad, Indiana.

La postura sobre inmigración de la Conferencia de los obispos de los Estados Unidos (USCCB) es casi tan popular como la enseñanza de la iglesia sobre el aborto. No obstante que la inmigración no es un tema tan importante como el aborto, es parte integral de la vida de la iglesia como aquella. Los católicos en los Estados Unidos harían bien en recordar su propio pasado inmigratorio, porque ese recuerdo repite a la Escritura: "El extranjero que morare entre vosotros, os sea como uno de vuestro pueblo. Le amarás como a ti mismo, pues extranjeros habéis sido vosotros en la tierra…" (Lev. 19,33-34).

Tres principios de la doctrina social católica

La vida humana, como sagrada que es, debe ser protegida desde

el momento de la concepción hasta la muerte natural

La sacralidad de la vida humana no es algo conseguido por el esfuerzo humano ni otorgado por el estado. Toda vida humana es sagrada porque es creada por el Sagrado. El hombre es tanto el privilegiado auxiliar de la creación como el único receptor de la revelación, aunque siempre es sirviente de ambos y maestro de ninguno.

No obstante que las funciones de la iglesia y de los gobiernos civiles son diferentes y así deben mantenerse, la iglesia tiene la obligación de proclamar la verdad a todos, incluidos a los gobiernos. Y las acciones de todos estos, como las de los individuos, deben ser juzgadas de acuerdo a la verdad revelada.

El bien común debe ser el fin de la mancomunidad

Recordar el significado de "mancomunidad" (esto es, que la riqueza o los bienes de la tierra debe beneficiar a todo el pueblo) explica el rol propio del estado de acuerdo a la ley natural. No difiere de la afirmación de que los seres humanos han sido "dotados por su creador con ciertos derechos inalienables".

Uno de los argumentos equivocados de los pro abortistas es que a la iglesia sólo le concierne el nacimiento del niño y no sus necesidades posteriores. Eso es falso porque, de hecho y por lógica, los principios pro vida están relacionados al del bien común. Cada individuo posee simultáneamente el derecho a la vida así como el derecho a esos bienes del mundo de Dios necesarios para su sostén. Negar el acceso a esos bienes es negar el derecho a la vida. De ahí todos poseen el secundario derecho a emigrar cuando ello es necesario para asegurar los derechos primarios. El beato Papa Juan XXIII se refería a esto como el bien universal o la pertenencia a la sociedad universal.

El Obispo Carlos Sevilla (Origins, 16 de abril del 1998) se refiere a ambos derechos, como también la Pacem in Terris (nº 25) y la Populorum Progressio (nº 22), cuando concluye que el "derecho a emigrar por razones económicas está basado en la inteligencia fundamental de que la tierra pertenece primariamente a Dios. Secundariamente a la familia humana en su conjunto, y sólo en tercer lugar, a los propietarios que son, hablando correctamente, sólo administradores temporarios de la creación de Dios".

Nótense los paralelismos entre la afirmación del Obispo Sevilla y la respuesta de la Iglesia al argumento pro aborto, "es mi cuerpo". Así como la mujer tiene derechos sobre su propio cuerpo, así también el estado los tiene sobre sus fronteras. Pero ambos conjuntos de derechos están siempre orientados y limitados por los principios de la sacralidad de la vida humana y su lógico corolario de que la vida humana requiere el acceso a los bienes comunes de la tierra.

Esos derechos no son concesiones de las madres o de los gobiernos y no pueden ser negados por ellos. Más bien, nos incumbe a nosotros trabajar por un mundo en el que los niños sean bien venidos y bien mantenidos y en el que la gente acceda a los bienes necesarios para vivir tanto en su propio país como fuera de él.

El bien común mira más allá de los cuerpos individuales y de las fronteras nacionales a la hermandad universal, a lo que el Papa Juan Pablo II llamaba "solidaridad".

Solidaridad

Si toda la vida humana es sagrada y merece protección, entonces existe una solidaridad fundamental entre los seres humanos, una interdependencia anterior a cualquier distinción concerniente a gestación o emigración. Uno no puede defender la vida en cualquier estadio, si no lo hace en todos los niveles. Juan Pablo II dice en Evangelium Vitae que "el Evangelio de la vida es para toda la sociedad humana. Ser activamente pro vida es contribuir a la renovación de la sociedad a través de la promoción del bien común" (nº 101).

Como lo dijo Juan Pablo, tal defensa debe ser activa. Nuestra acción puede ayudar a los niños pre-nacidos y a los inmigrantes indocumentados. Por ello, nuestra conferencia episcopal insiste sobre una acción concreta para proteger a las vidas humanas más vulnerables, aquellas que consideradas descartables, tanto por el aborto institucionalizado como por las políticas xenófobas.

Las enseñanzas de la iglesia católica

La iglesia guarda celosamente su independencia de cualquier partido político, ideología popular e incluso de un país en particular. Los católicos están unidos por y comprometidos con una iglesia universal cuya cabeza visible es el papa y esa comunión universal significa que en tanto debemos ser patriotas, rechazamos el nacionalismo o la xenofobia. El único estado que exige nuestra lealtad definitiva es el estado de gracia.

Las conferencias episcopales dirigen sus preocupaciones a áreas geográficas específicas aplicando las enseñanzas universales de la iglesia. ¿Qué es lo que han dicho sobre inmigración nuestros obispos de los Estados Unidos? El sitio del Internet de la USCCB "Justicia para los inmigrantes" afirma que "En junio del 2004, el directorio del comité sobre inmigración y de la red legal católica de inmigración, inc., (CLINIC) resolvió efectuar una reforma exhaustiva sobre inmigración, con especial énfasis sobre legalización, una de las más prioritaria política pública dentro de la iglesia".

En su siguiente Declaración por el día del trabajo del 2006, el comité de los obispos de política interior afirmó que esta no es una postura política sino moral, aunque aceptó que "gente de buena voluntad puede y está en desacuerdo sobre cómo mejorar nuestras leyes inmigratorias". Pero los fieles laicos necesitan escuchar respetuosamente a sus obispos.

Muchos de nuestros obispos estuvieron presentes en el sínodo de obispos americanos presidido por Juan Pablo II. Resultado del mismo fue la exhortación apostólica Ecclesia en América que afirma que "los padres sinodales consideran que ‘la iglesia en América debe ser abogada vigilante que proteja, contra todas las restricciones injustas, el derecho natural de cada persona a moverse libremente dentro de su propia nación y de una nación a otra. Hay que estar atentos a los derechos de los emigrantes y de sus familias, y al respeto de su dignidad humana, también en los casos de inmigraciones no legales’".

El consejo pontificio para la pastoral de los inmigrantes e itinerantes en su Carta jubileo sobre los derechos de los emigrantes ha declarado que incluso los inmigrantes indocumentados tienen derechos dados por su Creador que no pueden ser ignorados por el estado, y en vez de priorizar su falta de documentos (aunque sin ignorar esto) debe encararse una reforma inmigratoria (no sólo una imposición).

En preparación por lo que aparenta ser un debate prolongado, los obispos llaman a una reforma inmigratoria que incluya:

- Esfuerzos globales contra la pobreza

- Oportunidades variadas para reunificación familiar

- Programas para trabajos temporarios

- Legalizaciones amplias

- Restauración del debido proceso

Sin embargo, alguien debe recordarles a los obispos la necesidad de balancear los derechos de los inmigrantes con la soberanía de los estados.

Hay épocas en que ese equilibrio parece claro. Muchos católicos coincidirían en que hubiera sido un grave falta moral negar asilo a los judíos (incluso indocumentados) que escapaban de la persecución nazi. Pero los actuales refugiados por causas económicas parecen ser algo diferente. Aunque pocos discuten la miseria que dirige a los inmigrantes hacia nuestro país, algunos creen que no podemos acoger a todos porque, se argumenta, se apoderan de nuestros empleos, apocan nuestros sueldos y amenazan nuestra seguridad.

Los obispos no son los únicos en tomar en cuenta esos cargos. Muchos investigadores señalan que los trabajos que tienden a lograr los indocumentados no son, eventualmente, los mejor retribuidos. De ahí que si no son tomados por ellos, no lo serían por otros trabajadores estadounidenses. Igualmente, existe considerable evidencia sobre que si bien la inmigración afecta las economías locales, beneficia de hecho al gobierno federal y a la economía nacional en su conjunto. En otras palabras, los servicios provistos por los gobiernos locales (p.e., escuelas y hospitales) son frecuentemente sobre exigidos. Pero los ingresos federales y las tasas para la seguridad social se derraman dentro de las arcas federales. Sopesando, la inmigración tiene, generalmente, un efecto favorable, o al menos neutral, sobre la economía del país.

Tal fue el testimonio de Tamar Jacoby del Manhattan Institute, coincidente con el último estudio no partidista sobre la situación conducido por el Pew Hispanic Center. Él llego a la conclusión de que la presencia de trabajadores extranjeros no estaba relacionado con el desempleo de los trabajadores nativos, y que esto era así aún para los que, entre estos últimos, son de pobre educación.

De modo que hay considerable evidencia de que nuestro país tiene la capacidad, como siempre la tuvo, de absorber inmigrantes empujados por la pobreza. Y la iglesia puede afirmar que, hasta tanto esto sea verdad, tiene la obligación de hacerlo. Ella no apoya la inmigración ilegal o a la amnistía, pero sostiene un más sano y humano enfoque sobre ella.

El Presidente George W. Bush, hombre de negocios de un estado fronterizo, comprende estos hechos. Su campaña a favor de la reforma de la inmigración era similar a lo que proponen los obispos. Su primer viaje como presidente fue a México. Los ataques del 11 de septiembre han hecho más urgente la reforma inmigratoria. El Presidente Bush comprende que un acuerdo debería solicitar el concurso de México para ayudar a patrullar la frontera. Sabe que un programa de trabajo temporario, como el que tuvimos durante la segunda guerra mundial, podría significar que la gran mayoría de los que cruzan nuestras fronteras, que son honestos y muy trabajadores, van a estar apropiadamente documentados, reduciendo la cantidad de personas que deben controlar nuestros agentes. Los inmigrantes que entran bajo el sistema legal tendrán mejor disposición para cooperar con este sistema: muchos más millones de ojos y oídos reportando amenazas reales. La reforma inmigratoria hará de ellos aliados en vez de obstruccionadores de nuestra seguridad, y todos los recursos derrochados en inútiles intentos para detenerlos podrán ser invertidos en la lucha contra los terroristas reales. La reforma inmigratoria nos dará más seguridad, no menos.

Los católicos de los Estados Unidos

La inmigración no es algo nuevo para la experiencia católica en los Estados Unidos. Es, sin embargo, más acelerada que en los días de la hambruna de la papa en Irlanda u otras calamidades que derivaron en la masiva inmigración europea hacia los Estados Unidos. No obstante, los inmigrantes actuales, al igual que los del siglo pasado, son frecuentemente católicos, y han ayudado mucho a nuestra iglesia local. Casi todo el crecimiento de la iglesia católica en las décadas pasadas se debe a la lata tasa de natalidad y el tamaño de las familias de los inmigrantes. Sin ellos, nuestra iglesia envejecería y se reduciría en la misma proporción que las principales denominaciones protestantes.

Más aún, los inmigrantes católicos brindan numerosos bienes espirituales. Ellos demuestran fuertes valores familiares (incluso principios pro vida) y la ética del trabajo duro. Muchos provienen de tierras en donde el catolicismo es mayoría y, en consecuencia, ofrece un catolicismo público robusto que serpentea por las calles durante el vía crucis o vibra en himnos cantados a María. Actualmente, son inmigrantes el 20 por ciento de nuestros seminaristas y la mayoría de nuestra juventud católica. Los inmigrantes no sólo nos fortalecen con su juventud, sino que nos recuerdan nuestras raíces.

Bien harían los católicos en estudiar nuestra genealogía y apoyar fuertemente la teología de nuestra iglesia. La enseñanza de ella no ha cambiado aunque lo haya hecho la etnicidad de los inmigrantes. En gran parte se debe a la respuesta que las pasadas generaciones dieron a las enseñanzas de la Iglesia, el que ella levantara escuelas, hospitales, y asociaciones laicas que convirtieron a los actuales hijos de inmigrantes entre los más prósperos de la nación. Ahora, los obispos están pidiendo a esos hijos de inmigrantes que recuerden: "No oprimas al extranjero; porque vosotros sabéis lo que es ser extranjero; pues extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto" (Exod. 23,9).





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