REFLEXIONES SOBRE LA DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA
Los peligros espirituales de la riqueza

Abril 2005By Tom Bethell

Tom Bethell es un escritor que vive en Washington, D.C.

En el otoño del 2004, el Vaticano publicó un Compendio sobre la Doctrina Social de la Iglesia. Redactado por el Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz, resume encíclicas sociales y documentos publicados durante los pasados ciento y pico años. Su jerarquía no es equivalente a la del Catecismo, pero reúne numerosos pensamientos papales sobre la doctrina social y eso me brinda una excusa para recoger algunos por mi propia cuenta.

Normalmente se considera que la etapa moderna de la doctrina social católica comenzó con la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII. Creo que, retrospectivamente, esa época duró cien años, finalizando con la Centesimus Annus de Juan Pablo II (1991). Ese intermedio corresponde a una época en la que muchos intelectuales occidentales cayeron bajo la influencia de las doctrinas colectivistas, del comunismo al marxismo y al socialismo. Fabián Essays in Socialism (Ensayos sobre el socialismo fabiano) de Bernard Shaw, apareció en 1889; la Unión Soviética se disolvió en 1991, unos meses después que fuera publicada Centesimus Annus. Entre esos dos acontecimientos hubo más o menos una docena y media de encíclicas sociales importantes, normalmente marcando cada una de ellas cada una nueva década.

La Rerum Novarum me parece, de lejos, la mejor. No tanto por su excelente defensa de la propiedad privada o su repudio del socialismo. Más importante, por ser el documento más en contacto con la verdadera misión de la iglesia: la salvación de las almas. Los documentos subsecuentes parecen haberse apartado de ese fin fundamental, llegando a una especie de nadir con la Populorum Progressio de Paulo VI, un documento socialista de cabo a rabo. Apareció en 1967, cuando la atención de muchos católicos había sido apartada de la santidad personal y dirigida hacia temas de "justicia social". A veces, la preocupación por la santidad era calificada de egoísta e individualista.

Mi propósito acá no es comparar los méritos morales del socialismo y del capitalismo o de criticar en particular algunos juicios papales sobre cuestiones económicas. Mi percepción, sin embargo, es que durante mucho (no todo) el tiempo, un grave malentendido impregna muchas de estas encíclicas. Es este: Que el más grande problema social que acosa al mundo, principalmente a los católicos a quienes está primordialmente dirigido, es la insuficiencia de bienes materiales. Nos encontramos abiertamente con esto en la Rerum Novarum. En ella, la gran preocupación era para la visiblemente en aumento clase obrera.

"Todos convienen", escribió León XIII, que es "urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa". Los obreros han sido entregados "aislados e indefensos", a la "desenfrenada codicia de los competidores". Un número sumamente reducido de hombres "opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios".

Esencialmente esto introdujo en el pensamiento católico la idea que la competencia depreciaría el salario de los obreros. Ellos serían forzados a competir unos con otros hasta (como lo temía Karl Marx) quedar esclavizados por una mera subsistencia. Los gremios fueron fuertemente respaldados, como los han sido en todas las encíclicas subsiguientes, incluidas las del Papa Juan Pablo II.

Pero había legítimos cuestionamientos al análisis económico de León. En realidad, la penuria de los pobres era mucho mayor (aunque también menos visible) antes de la revolución industrial que hacia 1891; y se demostró que la "competencia irrestricta" no estaba destinada a reducir a los obreros a poco menos que la esclavitud.

Sin embargo, las observaciones de León XIII tuvieron una enorme repercusión, apareciendo y reapareciendo en las encíclicas que siguieron. Ellas levantaron el escenario para un siglo de pensamiento de enseñanza dedicado a la proposición de que el real problema social es el de la insuficiencia material. Parcialmente modificado, ese sigue siendo el mensaje cien años después. Nótese la rareza subyacente: Jesús nos advierte sobre el peligro de las riquezas, las encíclicas papales sobre los riesgos de la pobreza.

El análisis de León pareció ser validado, al menos por un tiempo, por la subsiguiente Gran Depresión. El componente "progresista" aparece incrementado con la encíclica social de Pio XI, Quadragesimo Anno (1931); la propiedad privada sostenida con menos entusiasmo y más énfasis en el discutido tema de la distribución: ¿Quién y cuánto debería recibir? El concepto de "justicia social" reemplaza, por primera vez, al clásico de justicia. "Justicia" significa dar a cada uno lo que se debe. La "justicia social" es un eufemismo de igualdad.

No obstante, en el período de la posguerra, se fue haciendo claro para muchos que si verdaderamente el problema es la insuficiencia de bienes, el capitalismo es la solución. Después de todo, a los obreros les estaban yendo muy bien; en los Estados Unidos se estaban desplazando a los suburbios, frecuentemente con un automóvil en el garaje. Pero para 1961, con la Mater et Magistra de Juan XXIII, era claro que la enseñaza social de la iglesia se había convertido en el dominio de la izquierda católica. Ella era su cancha y podía jugar en ella. Se nos dijo que en la redacción de la Mater et Magistra, el Papa había recibido el respaldo de cinco jesuitas.

Sí, la iglesia tiene la "misión principal de santificar las almas", decía un párrafo inicial del documento, pero "ella es también solícita de las necesidades que la vida diaria plantea a los hombres, no sólo de las que afectan a su decoroso sustento, sino de las relativas a su interés y prosperidad, sin exceptuar bien alguno". Las palabras de Jesús fueron invocadas. Viendo a la muchedumbre hambrienta, Él "exclamó conmovido ‘Siento compasión de esta muchedumbre’, demostrando que se preocupaba también de las necesidades materiales de los pueblos". (Mater et Magistra, 3-4)

Ya que Jesucristo es enrolado en la causa del "interés y la prosperidad, sin exceptuar bien alguno", no hay límite a la variedad de bienes que pueden ser enumeradas. Párrafos siguientes de la misma encíclica tratan de las tasas de interés, la provisión de servicios públicos esenciales en las áreas rurales, la construcción de carreteras, los servicios de transporte, la pureza del agua potable, la vivienda, los servicios médicos y, oh sí, las "cosas indispensables para la religión". Y mucho más: el seguro social, el control de precios, el aumento de ingresos agrícolas, el desequilibrio entre la tierra y la populación y demás (123-211). Más adelante, en el mismo documento, se despliega un nuevo y amplio panorama: la desigualdad entre las naciones con "suficiencia y abundancia de todo" y las que se encuentran "embargadas por la pobreza y el hambre". La ayuda externa fue entonces agregada a la agenda.

En este y otros documentos una frontera es atravesada, cuando nuestra obligación de la caridad es sacada de la esfera individual y puesta en el regazo de la política. Consideremos la siguiente cuestión. En la Centesimus Annus, Juan Pablo II dice que debemos ver en "la persona pobre, que pide ayuda para sobrevivir, no una molestia o una carga, sino una oportunidad para demostrar bondad…". Eso es bueno y cristiano, pero agrega: "No se trata simplemente de ‘dar de lo que a uno le sobra, sino de ayudar a pueblos enteros que están actualmente excluidos o marginados de entrar en la esfera del desarrollo económico y humano" (58).

Ese es un sentimiento puramente político, que da lugar a muchas preguntas. ¿Qué pueblos exactamente? ¿Cómo deberían ser ayudados? ¿Votando a qué políticos domésticos? ¿Qué ocurre si esos candidatos también apoyan el derecho al aborto y la distribución de preservativos en esas mismas regiones? ¿Cómo podemos estar seguros que los políticos de esas regiones no se embolsarán primero ese dinero y lo depositarán en cuentas en un banco suizo? Y así sucesivamente.

Volviendo a la Populorum Progressio de Pablo VI, encontramos al Vaticano favoreciendo la planificación centralizada y embarcado "sobre las movedizas aguas del desarrollo internacional moderno", como lo expresa Robert Royal. Royal concluye que Pablo VI "no podía saber todas las cosas que nosotros sabemos sobre los problemas y promesas del desarrollo", y eso diciéndolo cortésmente. La misma encíclica fue denunciada más tarde por el economista desarrollista Lord Bauer como "incompetente" porque tuvo consecuencias "en directa desavenencia con los sentimientos y objetivos declarados" en el documento.

A lo largo del siglo XX, la izquierda católica ha básicamente controlado la sustancia de la doctrina social católica. Y por décadas, importantes elementos de la jerarquía han estado igualmente preocupados con las cuestiones materiales: depositando gran fe en los gastos gubernamentales (exceptuados los militares), en los programas sociales, en las leyes de salarios mínimos, y en las Naciones Unidas (sin importar cuán secular y pro abortista es). La visión subyacente, nunca explícitamente manifestada, es que la salvación es de este mundo.

Muchas, quizás todas, estas encíclicas han sido escritas de una manera que sugieren que el autor (¿o autores?) sabía que probablemente ellas no constituían la última palabra sobre el tema en discusión (¿las tasas de interés?). Por esta razón, sus opiniones son frecuentemente inconsistentes -- una "riqueza de las nociones", como ingeniosamente lo puso una vez la revista católica Commonweal. Poco se acepta que las buenas intenciones pueden estar en conflicto entre sí o que son, por sí mismas, insuficientes.

La cuestión fue planteada por Milton Friedman, el economista pro libre mercado ganador del Premio Nobel. Junto con otros, fue requerido por la revista de la política norteamericana National Review en 1991 para comentar la Centesimus Annus de Juan Pablo II. Friedman, un liberal clásico y (pienso) no creyente, no imbuido hasta donde yo sé de animosidad hacia la iglesia, señaló acertadamente un punto obvio. No sé de nadie que lo haya hecho tan bien. "Como cualquier documento político, y la encíclica es por supuesto un documento político…y contiene algo para casi todos -- excepto Marxistas, comunistas y partidarios del aborto." El documento fue "exhaustivo y bien balanceado" y "abordó, con elevadas intenciones todos los temas, desde la ecología a los derechos humanos a la libertad religiosa y al gobierno mundial". Agregó que "el predominio de las buenas intenciones y de motivos altruistas por sobre los contenidos sustantivos, no es una crítica. Pues la iglesia es una institución tanto política como religiosa, y este es un documento político".

Es evidente la verdad de esto cuando se examina la reacción que frente a diferentes encíclicas han tenido personas con diversas visiones políticas. Tanto si hablamos de Michael Novak del American Enterprise Institute o de George Weigel de Ethics and Public Policy o del P. Robert Sirico del Acton Institute; como de Thomas Reese, S.J., de la revista liberal jesuítica America o de los editores de Commonweal o del P. J. Bryan Hehir (muy recientemente de Catholic Charities), todos tienden a adoptar la misma estrategia. Encuentran los pedacitos que les gustan y los citan. Como dijo Friedman, hay algo para casi todos. No tienen que poner el grito en el cielo por las partes que no les gustan -- que seguramente hay. Simplemente es mejor brindar palabras de elogio y proseguir.

Lo cual sería otra forma de decir que estos documentos sociales podrían no ser muy importantes -- precisamente porque tratan de cosas pasajeras en vez de verdades permanentes. Pero ellos se han hecho importantes para los católicos izquierdistas que están (seguramente) más interesados en lo político que en lo espiritual de la misión de la iglesia. Esto, creo, incluye en estos días a un regular número de obispos.

A estos efectos, un relato notable procede (vía un intermediario) de la boca del Obispo, ya retirado, James Sullivan, de Fargo, North Dakota. Regresando a su diócesis después de unos de esos encuentros de obispos en Washington, D.C., Sullivan, un prelado conservador moderado, contó a algunos de sus sacerdotes la siguiente historia. Un obispo, sentado en una mesa con un grupo de prelados, expresó refiriéndose a su tarea, que había disfrutado la oportunidad de involucrarse en asuntos políticos (sobre las minas terreras y cosas así) pero que no encontraba muy interesantes sus aspectos religiosos. ¿Podría ser que no fuera realmente creyente?

Por cierto, el sentimiento expresado es impactante, pero quizás igualmente chocante es que fuera confiado en tal grado como para expresarlo abiertamente a un grupo de obispos colegas. Quizás confiaría en que ellos sentirían de la misma forma, o que al menos podría contar con que no traicionarían su confianza. Ciertamente, al hablar a sus sacerdotes, el obispo Sullivan (se retiró en 2002 con una salud debilitada), no identificó al sujeto.

En distintas épocas, se dan realmente situaciones sociales que el Vaticano bien puede sentirse obligado a encarar. Un caso obvio es el de un gobierno que impide completamente el culto cristiano. Pero en esos casos, razonablemente, es probable que el Vaticano anteponga consideraciones prudentes, para que no se empeore una mala situación. De modo que regímenes que son muy perjudiciales para la fe son probablemente enfrentados con el silencio, quizás acompañado con diplomacia escondida.

¿Qué hay del país en donde la Constitución es interpretada de tal forma que las leyes contra el aborto son ilegales? ¿Podría una encíclica no ser legal? Ahora bien, estamos hablando de los Estados Unidos, y en el otoño del 2004 tuvimos un candidato que se identificaba a sí mismo como católico y prometió que, en sus propuestas para nombramientos de jueces, mantendría esa interpretación sobre las leyes de aborto. ¿A la iglesia le gusta involucrarse en las cuestiones políticas? Aquí tuvo una oportunidad. Dio la casualidad, que una semana antes de la elección en los Estados Unidos, funcionarios importantes tuvieron en Roma una conferencia de prensa anunciando el nuevo Compendio. Los periodistas preguntaron al arzobispo a cargo si era correcto para los católicos norteamericanos votar por el candidato John Kerry. De acuerdo a la Associated Press, "el portavoz del Vaticano Joaquin Navarro-Valls intervino rápidamente, diciendo: ‘La Santa Sede nunca se involucra en forma directa en cuestiones electorales o políticas’".

Mi impresión es que algunos en la jerarquía gozan haciendo afirmaciones políticas, pero no si ello significa que serán acusados de ser políticas, o de "tomar partido" en política. Debemos agradecer al Arzobispo Burke de St. Louis, Missouri, y al pequeño grupo de obispos norteamericanos que se le unieron, porque, precisamente, no tuvieron miedo de esa acusación. Inclusive si en un país hay un partido pro-católico y otro anti-católico (y no estoy diciendo que sea precisamente así en Estados Unidos), y la iglesia hace "política" cuando apoya al primero y se opone al último, uno desearía que el Vaticano sea en efecto, resueltamente "político".

Mientras tanto, hay una doctrina social católica que parece haber sido pasada por alto y que viene de la boca de nuestro Señor. León XIII se refirió a este importante asunto, en unas pocas palabras de la Rerum Novarum (18): Aquellos a quienes la fortuna favorece "son advertidos" -- escribió León -- que "las riquezas no aportan consigo la exención del dolor, ni aprovechan nada para la felicidad eterna, sino que más bien la obstaculizan; de que deben imponer temor a los ricos las tremendas amenazas de Jesucristo". La nota al pie es de Mateo 19, 23-24 ("Más fácil es para un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios") y Lucas 6, 24 ("Mas ¡ay de vosotros ricos! porque ya recibisteis vuestro consuelo").

El objetivo en este nuevo milenio, seguramente, debería ser retornar a la doctrina social católica en consonancia con la enseñanza de Jesucristo. He aquí cómo resumo la transformación necesaria: son los peligros espirituales de la riqueza los que necesitan ser tratados, no los peligros materiales de la pobreza. ¿Qué tal de la "opción preferencial de los pobres", la que se encuentra en los documentos recientes del Vaticano? No estoy seguro. El Papa agrega que "no es nunca exclusiva o discriminatoria o hacia otros grupos". No se "limita a la pobreza material". Es, pues, vaga.

No parece haber ninguna sugestión en los Evangelios sobre que los pobres estén espiritualmente en desventaja. En la parábola del rico epulón y Lázaro, es el hombre rico el que va al infierno mientras que Lázaro, que vive de las migas que caen de la mesa, va al seno de Abraham. No se nos dice que el hombre rico haya hecho nada malo -- ¡vestía túnica púrpura! Él clama para que le permitan advertir a sus hermanos de su peligrosa situación. Pero, tampoco eso fue concedido.

Pienso que hoy podemos tomar como dado que el capitalismo -- aproximadamente, un sistema de intercambio por consentimiento -- produce una inmensa prosperidad material. Y es el único sistema que lo hace. Los países en los que se le ha permitido operar con el mínimo de restricciones -- viene a la mente Hong Kong -- son también los más prósperos. Más y más países se están moviendo en esta dirección, notoriamente China e India (con un tercio de la población mundial entre ellas). Si esta es efectivamente la tendencia y ella continúa, es probable que el mundo se convierta efectivamente en un lugar de terrenal riqueza.

¿Cómo afectará esto nuestras perspectivas espirituales? Sabemos, o deberíamos saber, que la acumulación material más allá de cierto mínimo, es vana y que la única certeza que enfrentamos es la muerte. En los Estados Unidos y otros países del occidente, nuestro futuro material parece tan seguro como sea posible. Pero ¿y nuestra salvación? Sobre esto estamos mucho menos seguros.

Sería igualmente interesante si el periódico National Catholic Reporter o la revista Commonweal, los dos que son órganos de la izquierda católica, se opusieran al capitalismo con el siguiente argumento: Él genera tantos bienes materiales y tan abundantemente que amenaza nuestro bienestar espiritual. ¡Difícil rebatir ese argumento! Pero hasta donde sé, la izquierda católica nunca defendió esa tesis. (Si alguien tiene una evidencia en contra, por favor hágamelo saber). Los de la Izquierda parecen estar tan preocupados por las cuestiones materiales como los de la derecha, y quizás un tanto más. Algunos, sospecho, son materialistas filosóficos (el universo consiste exclusivamente en moléculas en movimiento), para quienes la religión simplemente ofrece una razón fundamental más para buscar políticas progresistas.

El National Catholic Reporter está siempre publicando artículos sobre la situación de los campesinos latinoamericanos en los barrios bajos de los Estados Unidos, donde no tienen agua corriente caliente y etc. Es seguro, que su condición material no es muy bueno. Pero ¿tienen ellos una mejor suerte en llegar al Cielo? Esta pregunta nunca parece plantearse.

Ciertamente yo no incito al abandono del capitalismo con el argumento de que él puede ser malo para nuestras almas. Dios nos manda "someter" la tierra y ejercer "dominio" sobre cada ser vivo. Una ciudad es en sí misma una gran cosa -- un logro sobre el informe páramo o jungla que le precedieron. Pero debemos ser advertidos sobre los peligros del lujo.

Esta es una pregunta obvia y desconcertante: cuando se trata de pasar a través del ojo de esa aguja ¿a quien en nuestros días es considerado rico? Un amigo mío decía que el joven del barrio bajo con sus zapatillas Nike, IPod, televisión cuando quiera, cama caliente, ausencia de contención y libre de responsabilidad, es por cierto rico en comparación a la mayoría de los que vivían en el tiempo de Jesús. ¿Quizás todos somos ricos?

Hay también una visión opuesta. Supóngase que Ud. está iniciando una familia, decidido a atenerse a las enseñanzas de la iglesia. Ud. y su esposa ansían una familia numerosa. Antes de darse cuenta, tiene seis hijos. Sabe que no puede confiar en las escuelas públicas, aunque está obligado a pagar impuestos para ellas. Ud. imparte la enseñanza en su hogar, pero sabe que, tarde o temprano, la escuela privada será inevitable. Ud. tiene una casa en los suburbios con cuatro dormitorios y está superpoblada. Ha llegado a la conclusión que son indispensables dos coches. Lejos de ser "codicioso" por buscar un salario de US $100.000, Ud. sería un irresponsable si no lo hiciera. Probablemente se encontrará con que apenas puede arreglárselas con eso y que nada le queda para lujos.

Visto desde fuera, parecería que tal persona vive en un mundo de "consumismo", criticado por Juan Pablo II en Centesimus Annus. ¿En que circunstancias es legítima esta acusación? ¿Ningún juguete para los chicos? Claro que no. Pero la sumisión paterna a la presión de los adolescentes para lujos (¿un coche para el pequeño?) sí parece consumismo. Juan Pablo no analiza el concepto, el que obviamente debe ser cuidadosamente sopesado. De cualquier modo, plantear la cuestión es un comienzo. El Vaticano está por fin comenzando a pensar en los peligros de la abundancia más que en los de la pobreza.

Más precisamente ¿cuáles son los peligros espirituales de la riqueza? Raramente se los analiza en las encíclicas sociales. Jesús enseñó que la riqueza nos "seduce" y nos atrapa. Habló de la "falsedad de las riquezas". En la Parábola del Sembrador, ellas son los abrojos que amenazan ahogar la semilla -- la palabra de Dios. A renglón seguido, Jesús habló de los "preocupaciones, placeres y riquezas de la vida". ¿Y quién puede poner en duda que las riquezas requieren preocupación? ¿Puede Dios competir con la atención que el hombre rico presta al mercado de valores? ¿O con la del hombre que no es rico pero le gustaría serlo? ¿Cuántas personas ricas son capaces de decir "Bien, tengo suficiente. Ya no tengo que pensar más en el dinero"?

Jesús ve la riqueza como algo que, sobre todo, nos distrae. A un joven le dice que si quiere ser "perfecto", debe vender todo lo que tiene y dárselo a los pobres. El muchacho no se puso muy contento con eso. La posibilidad de obtener riqueza nos orienta hacia un objetivo equivocado, un fin errado repleto de alternativas, placeres y distracciones. Nos desentendemos de nuestras almas y tratamos de olvidarnos de la muerte.

La acumulación de riqueza también manifiesta falta de fe. Repetidamente Jesús nos dice que debemos tener fe -- por ejemplo, fe en que Dios sabe de nuestras necesidades y va a ocuparse de ellas. Desde esa perspectiva, una abundante cuenta bancaria demuestra falta de fe (mejor tener un montón de dinero por ahí, no vaya a ser que Dios esté manejando dormido). San Juan dice en su epístola que Dios ha elegido "a los pobres en este mundo para que sean ricos en la fe, y hereden el reino".

No hace mucho tiempo, en Washington D.C., les fue ordenado a las congregaciones católicas que rezaran por aquellos que viven en "la oscuridad de la pobreza". ¿Qué oscuridad? ¿También los pobres están en el túnel del materialismo? Quizás. En un país rico como los Estados Unidos, están seguramente tentados por la codicia. El rico tiene después de todo una ventaja: el ha tenido la chance de entender que la riqueza no brinda automáticamente la felicidad.

En forma general, la solución de la jerarquía para el alegado problema de la pobreza parece ser demandar que haya aún más riqueza. En un documento de 2002 llamado "Faithful Citizenship" ("La ciudadanía fiel"), los obispos norteamericanos reconocieron la realidad de la prosperidad americana pero agregaron: "Nuestra prosperidad no es lo suficientemente exitosa". En Centesimus Annus, el Papa Juan Pablo, quizás sorprendentemente, aplaude la "globalización". Es un "fenómeno que no debe rechazado", dijo, porque puede "crear oportunidades para mayor prosperidad". (58). De modo que ¿es eso lo que se necesita?

El papa es también bien conciente que la iglesia católica está floreciendo justamente en los países subdesarrollados, especialmente en África. Uno se pregunta qué deduce él de eso. ¿Quizás piense que la iglesia sería aún más próspera si África fuese rica? Dudo que piense eso. Uno tiene la inquietante sospecha que, las cosas no han sido realmente pensadas a su fondo.

La creciente prosperidad que siguió en el occidente a su movimiento hacia el capitalismo (comenzando a fines del siglo XVII) parece dar razón de la declinación de la fe en el mismo período. Las alternativas al capitalismo son menos morales en sí mismas, pues se basan en la coerción, o en su amenaza, en vez del consentimiento. Y la pobreza que el colectivismo crea no es ni ennoblecedora ni conduce (necesariamente) a la virtud. Sirve probablemente sólo para acrecentar el deseo de las adquisiciones materiales.

Lo que parece faltar hoy día es la buena enseñanza sobre el tema de la abundancia material desde una perspectiva católica. No podemos prohibir la riqueza. Pero debemos ser advertidos sobre ella. La necesidad de tal enseñanza no hará más que incrementarse en los años por venir.





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